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La zoonosis -intercambio de microorganismos entre animales y humanos- que propicia enfermedades, es analizada por investigadores mexicanos

Ciudad de México, México, 24 de agosto de 2020, México Ambiental.- “Con la zoonosis, el intercambio de microorganismos entre animales y humanos, se originó el COVID-19. A partir de la domesticación de animales, en el periodo Neolítico, este tipo de fenómenos crecieron, pero como las poblaciones estaban disgregadas, muchas veces no había una propagación masiva como ahora”, sostuvo el biólogo Eduardo Corona Martínez, investigador del Centro INAH Morelos e integrante del Consejo de Paleontología de la institución, al participar en el ciclo Miradas históricas y antropológicas de la pandemia COVID-19, con el encuentro Antecedentes y huellas de una pandemia, la influenza o “gripe española”, enmarcado en la campaña Contigo en la Distancia, de la Secretaría de Cultura.

En este encuentro remoto Miradas históricas y antropológicas de la pandemia COVID-19, entre especialistas de distintas disciplinas, realizado el 14 de agosto y transmitido a través del canal INAH TV en YouTube, se pretendió lograr una visión analítica de la época actual, en la cual se han incrementado las enfermedades que se transmiten entre animales y humanos, denominadas zoonosis, así como las repercusiones sanitaria, social y religiosa, entre otras, derivadas de los padecimientos que han azotado a México a lo largo de los años,

Eduardo Corona Martínez explicó que desde el año 2000, el premio Nobel de Química, Paul Cruntzen, definió que hay una nueva época que puede ser considerada geológica, denominada Antropoceno, en la que el ser humano está dominando el mundo y cambiando los paisajes naturales, transformando radicalmente todo el medio ambiente.

Eduardo Corona Martínez 

Aunque en la actualidad han mejorado las condiciones de salud y con ello hay una esperanza de vida mucho más alta que la del siglo XIX, esto genera un crecimiento poblacional, el cual se calcula llegue a 10 billones de seres humanos en el planeta en 2050, lo que deriva en un consumo acelerado de los recursos naturales.

En su conferencia, titulada Los virus y el Antropoceno, el especialista del INAH Morelos refirió que anteriormente las enfermedades relacionadas con animales se enfocaban en lo doméstico, pero a partir de los años cincuenta del siglo pasado, su origen se ha visto en la fauna silvestre, caso del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y la actual pandemia.

“Uno de los grandes argumentos acerca del coronavirus, es que proviene de murciélagos que fueron comprados en el mercado de Wuhan (China) y que de ahí pasó a los humanos y se extendió por el mundo; esos contagios, por un proceso biológico, se dan, fundamentalmente, entre humanos”, comentó.

El biólogo consideró que, al crecer, las ciudades generan este tipo de interacciones que antes no se tenían con la fauna silvestre. En diversas poblaciones asiáticas existe el consumo de estas especies, lo que está dando lugar a tales fenómenos.

Beatriz Lucía Cano Sánchez, investigadora de la DEH del INAH

La historiadora Beatriz Cano Sánchez, investigadora de la DEH, en su ponencia Pandemia de influenza AH1N1 de 1918 en México, mencionó que los padecimientos originados por el contacto con animales son amenazas inevitables, dado el histórico y permanente contacto y consumo de especies propagadoras.

A principios del siglo XX, expuso, uno de los factores de desestabilización social fue la inseguridad alimentaria, cuyo ejemplo crítico fueron los episodios de hambruna a lo largo de la Revolución Mexicana, particularmente en 1915; otro, fue el precario sistema de salud pública, el cual contaba con pocas instalaciones adecuadas y escasez de medicamentos.

El presidente Venustiano Carranza sorteaba entonces presiones de las potencias en conflicto en la Primera Guerra Mundial, durante la cual el flujo marítimo intercontinental, ya sea civil o militar, era ininterrumpido, de manera que la influenza de 1918 encontró condiciones óptimas para desarrollarse rápida y globalmente, atravesando todas las fronteras donde alcanzaba a llegar.

“La influenza de 1918 llegó a México por dos oleadas, ambas por el norte del territorio nacional. La primera fue leve, suscitándose de enero a mayo-junio de ese año; la segunda, se dio con un rebrote que atacó severamente al país y alteró todas actividades socioeconómicas”, indicó.

La historiadora comentó que la comunicación mediante el ferrocarril entre las ciudades y poblaciones, hizo que el contagio fuese más rápido en la gente vulnerable. “Curiosamente, este medio de transporte fue utilizado para trasladar brigadas médicas por todo el territorio nacional, aclaró.

“La pandemia era fulminantemente masiva, las autoridades no se daban abasto para dar trámite a tantas víctimas mortales, por ello, la población civil se vio obligada, por sus propios medios y limitaciones, al levantamiento, traslado y sepultura de cadáveres, entre otras actividades”.

Antropólogo Jorge Guevara Hernández, del Centro INAH Tlaxcala

El antropólogo Ricardo López Ugalde, del Centro INAH Querétaro, profundizó en dos afecciones que asolaron esa entidad: el cólera, a mediados del siglo XIX, y la influenza española, a inicios del XX.

E su exposición Epidemias y religiosidad en Querétaro. Acercamiento histórico a algunos episodios mórbidos, subrayó que un elemento que sobresalió en ambas epidemias es el culto a la Virgen de El Pueblito, una imagen con rasgos indígenas, elaborada en pasta de caña, a inicios del siglo XVII, por el fraile franciscano Sebastián Gallegos.

Dijo que actualmente, la escultura religiosa se halla en el Santuario de El Pueblito, en el antiguo pueblo de indios de San Francisco Galileo, al poniente de la ciudad de Querétaro. “En el momento que se presentó la influenza, para honrarla y hacerle en pedimento, hubo una procesión rogante, integrada por autoridades eclesiásticas de la ciudad, así como por cofradías alojadas en diferentes templos. Y durante el padecimiento del cólera, se efectuó una penitencial o de sangre, de corte expiatorio, en la que participaron exclusivamente los hombres”.

“En marzo de este año, la imagen visitó el Templo de San Francisco para que los fieles le pidieran por el cese del COVID-19”, comentó.

Luego el antropólogo Jorge Guevara Hernández, del Centro INAH Tlaxcala, presentó la conferencia La influenza de 1918 en Ixtenco, Tlaxcala. Un acercamiento antropológico e histórico, en la que narró lo ocurrido en ese pueblo (el único de origen otomí que queda en esa entidad) a la llegada de dicha afección.

Los caminos que venían de Jalapa (por el norte) y el de Córdoba (por el sur), así como la línea ferroviaria Apizaco-Puebla, fueron la puerta de entrada de la influenza al poblado, cuyas víctimas mortales, según datos del gobierno estatal de aquel momento, fue de mil 699 fallecidos, pero en el registro civil era de dos mil 274, según las actas de defunción.

Y recordó: “Para entender la percepción yuhmu (otomí) acerca de la influenza tenemos el vocabulario, a través del cual encontramos dos tipos de palabras: niñoxa-peste y tzoxpa- calentura, las cuales utilizan para definir enfermedades”.

La palabra niñoxa viene de nini, que significa enfermedad; n-ñome, acompañar en sentimiento, y xa, apestar, la traducción literal sería “enfermedad que se acompaña con mal olor”. Mientras que tzoxpa, se compone de pah, calor; hox, agarrar, y tzoxo, cosa mala, “es una cosa mala de calor que se agarra”, sería el significado, finalizó el antropólogo.

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