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El agua, un fracaso público y un negocio privado en México

El agua, un fracaso público y un negocio privado en México

Carmen Morán Breña

Ciudad de México, México, 16 de enero de 2020, El País. – Por hacer un cálculo redondo: si en todo México hay unos 30 millones de hogares y el gasto medio al mes por el consumo de agua son 150 pesos (8 dólares), salen unos 4.500 millones de pesos, unos 239 millones de dólares al mes en botellas. Ese fue el resultado de un par de encuestas efectuadas por la UNAM hace dos años para el INEGI y la Comisión Nacional del Agua (Conagua). Es un buen desembolso y un gran negocio. La primera lección que recibe el visitante que llega a la Ciudad de México, una inmensa mole de nueve millones de habitantes, es que no se puede beber el agua que sale de la llave. Dos soluciones ofrecen a cambio: agua embotellada o instalar un filtro en la cocina. Hay decenas de páginas web que ofrecen filtros variados. Sin embargo, sorprende la opinión de algunos expertos consultados: “El agua de más de la mitad de la ciudad tiene características potables”, esto es, sus condiciones químicas y organolépticas permiten un consumo sin miedo, dice el director del Centro Regional de Seguridad Hídrica, organismo amparado por la Unesco, Fernando González Villareal. Insiste: “Hay muchas colonias en esta ciudad donde la presión del agua es continua”.

Este detalle es determinante, porque los cortes de agua vacían las tuberías exponiéndolas a un cambio de presión que puede dañarlas; esas heridas se convierten en un potencial foco de bacterias. Y esto es clave en México, donde los cortes de agua son frecuentes, tanto que la mayoría de los edificios disponen de grandes depósitos (tinacos) donde almacenan el agua para cuando falta. “Almacenar el agua siempre compromete su calidad y el suministro no suele garantizar 24 horas, durante 365 días”, añade González Villareal.

El miedo a una posible contaminación viene de antiguo, pero no acaba de estar justificado. Algunos no beben de la corriente doméstica porque recelan del olor o sabor que desprende el chorro. Se habla de una epidemia de cólera en los noventa que apenas dejó 34 muertos en una población de millones (la gripe se cobra más cada año). Otros no han oído hablar de enfermedades ni de fallecimientos, pero recuerdan que de pequeños bebían del grifo sin problema. Por eso, un artículo de Forbes de hace un par de años, titulaba sin ambages: “Agua embotellada, el negocio multimillonario que México no necesita”.

Los tiempos juegan en contra del plástico y en este país se acumulan toneladas diarias de botellas vacías.”Esto se debe a que el Estado no es capaz de garantizar el derecho al agua potable y eso ha incentivado el negocio privado del agua embotellada. Solo el 58% de las botellas son recicladas y el consumidor paga un 5.000% más por el producto solo por el coste del envase”, se queja desde Greenpeace Miguel Rivas.

Ese negocio que cita el ecologista va cambiando. Miles de familias impelidas por la comodidad o el medio ambiente optan por los filtros domésticos para, supuestamente, purificar el agua. ¿Pueden evitar una epidemia esos filtros? ¿Pueden eliminar el plomo, el arsénico, los nitratos, manganesos si los hubiere? “Los filtros, si es que tienen carbono activado, pueden eliminar el cloro residual y eso mejora el sabor y viene bien para lavarse el pelo. Pero tiene la enorme desventaja de que el cloro residual protege contra las infecciones”, asegura González Villareal, profesor también de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Y advierte: “Si no se cambian los filtros a menudo ellos mismos se pueden convertir en un foco de infección”.

No hay escapatoria, pues. Vuelve a la botella de agua.

No opina lo mismo el químico Benjamín Ruiz Loyola, decididamente partidario de los filtros, “en términos generales”. “La mayoría cumple con algunas funciones importantes: absorben contaminantes químicos, como sales o residuos minerales y clarifican el agua si está turbia. De la planta potabilizadora sale con exceso de cloro que también lo absorbe, y la mayoría asegura la inocuidad microbiológica si no fue completa al clorificar o si se contaminó después”.

Pero este profesor de la UNAM coincide con su colega antes citado en que “en la mayoría de las colonias de Ciudad de México el agua tiene buena calidad directamente” y señala también el problema de las cisternas, donde los patógenos pueden hacer de las suyas. Comprende que si el filtro no se usa o repone adecuadamente pierde su valor, “como cualquier otra cosa”, pero lo defiende. ¿Entonces, por qué la gente compra millones de botellas al día? “Por ignorancia o por comodidad, para no pensar en filtros, ni en su mantenimiento”, aventura.

La enorme desigualdad económica en México trae a este asunto un problema añadido. A quienes los 150 pesos en agua al mes no les parecen baratos ni tienen para filtros, buscan otras soluciones. Muchas tiendas ofrecen su propio filtro para rellenar los garrafones y eso disminuye la factura. ¿Son seguros esos filtros, tienen el mantenimiento adecuado, se encarga alguien de revisarlos? No hay grandes garantías, por no decir ninguna, pero muchos hogares han adoptado esta práctica. Otro negocio. “Hemos hecho el análisis de algunas de esas aguas embotelladas y hemos encontrado patógenos, en concreto escherichia coli [bacerias del tracto intestinal]. No sabemos si se contaminaron en la tienda o en los camiones de reparto. En algunos casos podemos hablar de agua adulterada”, afirma Ruiz Loyola. El profesor de Química Orgánica solo recomienda beber de la llave en casos de condominios horizontales, es decir, en casas bajas donde el agua entra de la corriente pública sin intermitencias y sin almacenamiento previo en los tinacos.

Judith Domínguez se acuerda de cuando bebía de pequeña directamente de la llave. ¿Qué pasó? Es difícil acotar las causas con precisión, pero Domínguez señala algunos factores que no le dan confianza, por ejemplo, que de los “127 parámetros que hay que medir en el agua para certificar su calidad apenas se miden tres”. Tampoco le hace gracia que las tuberías que calmaban la sed cuando era ella niña ahora tienen 50 años de promedio. “Hay fugas, mucho asbesto… Pero son 26.000 kilómetros de red, cambiarlo es costoso”. Todo ello, concluye esta investigadora del Colegio de México y experta en el derecho humano al agua, genera “gran desconfianza entre la población y desde luego el uso del agua se ha convertido en un gran negocio”. Asegura que los mexicanos están pagando “mil veces más por el agua” de lo que debieran.

Si filtros o botellas no es el debate que más le interesa a un millón de personas que en la Ciudad de México tan siquiera tiene agua corriente; y otro millón y medio la recibe por tandeo, es decir, mediante camiones cisterna porque la corriente se interrumpe. “Si el agua se distribuyera correctamente, dado el caudal que entra en la ciudad, cada persona podría disponer de 350 litros al día”, dice Manuel Perló, destacado experto en planeación urbanística. Y recuerda que un 40% del agua se pierde en fugas.

El Servicio de Aguas de la Ciudad de México (SACMEX) no se presta a mucha conversación con la prensa. ¿En cuántas colonias de la capital se podría beber sin miedo de la llave? ¿Son necesarios o útiles los filtros? Silencio oficial.

La Universidad Nacional Autónoma de México, de la que proceden varios de los consultados para este reportaje, es una gran ciudad. Entre alumnado y docentes suman cerca de 400.000 habitantes. Allí se han puesto en marcha prácticas de consumo saludable del agua que dejan entrever parte de la solución al problema de la capital. El programa Pumagua establecen mediciones sistemáticas de los parámetros que aseguran la calidad del agua. “Cada año, cada semana, cada minuto” se tienen en cuenta estas mediciones, dice González Villareal: “El agua en la ciudad universitaria cumple todas las normas de potabilidad los 365 días al año”, afirma. También los bebederos repartidos por el campus. Sin embargo, los alumnos aún consumen miles de litros embotellados, es decir “un millón de pesos por día”. Les falta información y confianza, y quizá les sobra publicidad.


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