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El activista que abraza a las tortugas del Mediterráneo

El activista que abraza a las tortugas del Mediterráneo

Clara Polini

Madrid, España, 28 de noviembre de 2019, El País. – Ricardo Sagarminaga (Madrid, 1963) va acercándose lentamente la mano a la cara hasta que choca con su frente. Los dedos que tiene ahora entre las sienes representan la cabeza de una tortuga marina que ha venido a inspeccionarle: “Floto a su lado hecho una bola y es la tortuga la que se acerca a mí”. Explica que, solitarias y siempre rodeadas de azul, las tortugas sienten curiosidad cuando se topan con otro animal tan pacífico como ellas. Por eso, cuando es necesario extraer un ejemplar en busca de datos indispensables para la conservación de su especie, él opta por atraerlas haciéndose el indiferente. Se aproximan a tocarle la frente y entonces, las abraza.

Lo habitual era abalanzarse sobre ellas desde la zodiac, pero Sagarminaga encontró un método más afín a la filosofía de la ONG que dirige desde hace 30 años: “La empatía es la palabra clave en Alnitak”. Se pone en el lugar de las tortugas para que su investigación les resulte menos estresante, pero también en el lugar de los pescadores que las capturaban de forma accidental, en el de los capitanes a los que les ordenaban deshacerse de vertidos tóxicos en los mares, en el de los militares que desconocían que estaban poniendo en riesgo la biodiversidad con maniobras dañinas… Ninguno de estos colectivos es el enemigo, sino más bien al contrario: son colaboradores indispensables para la conservación, ya que aceptan e incluso promueven medidas para el cambio en positivo a partir de los datos que Ricardo les presenta. Este marinero, biólogo y activista medioambiental considera que la única manera de cambiar las cosas es sentarse a dialogar poniendo ciencia y empatía encima de la mesa. Y su efectividad ha quedado demostrada.

Consiguió modificar el 30% del tráfico marino mundial de sustancias peligrosas en favor de la conservación, ha participado en la constitución de 14 áreas marinas protegidas y tiene la solución para reducir el 90% de las basuras a bordo de los pesqueros. Hasta el 2008, los pescadores españoles capturaban accidentalmente entre 20.000 y 30.000 tortugas marinas al año, pero, gracias a los datos obtenidos mediante las marcas satelitales que el equipo de Alnitak colocó en sus caparazones, descubrieron que para evitarlo bastaba con pescar a mayor profundidad. Así se lo hicieron saber a la flota pesquera y, ¿cuál fue el resultado?: la captura accidental de tortugas en el Mediterráneo prácticamente ha desaparecido.

Un barco vikingo para cambiar el rumbo del planeta

El lema de Alnitak es Conservación en acción, y con ellos nos embarcamos en la última misión del verano. Durante la travesía, avistaremos un mar de problemas y soluciones, aprendiendo que algunas de las situaciones de mayor gravedad son imperceptibles a la vista.

En el puerto de Maó (Menorca), entre los lujosos yates y relucientes catamaranes, su barco llama poderosamente la atención. La madera de otro siglo cruje con cada pisada y el símbolo de una tortuga ondea en su bandera. Parece un barco pirata, pero, a diferencia de los corsarios que buscaban saquear riquezas, su tripulación se esfuerza por conservar los tesoros que aún habitan en el fondo marino. Hace 109 años fue bautizado con el nombre de Toftevaag –que significa lugar de encuentro en noruego antiguo– y desde que fue rescatado del desguace por Sagarminaga ha servido como oficina al aire libre para más de 4.000 científicos y voluntarios provenientes de más de 90 países. Ricardo lo llama el “BlaBlaCar del mar” porque cada verano va de un lado a otro transportando nuevas tripulaciones: En las expediciones Save the Med, ocho voluntarios forman equipo con cuatro investigadores para colaborar activamente en las labores de conservación. Para Ricardo es “una coctelera de espíritu de equipo”.

Han pasado tres horas desde que zarpamos en la oscuridad y desde cubierta vemos las plantas de los pies de Ricardo. Está subido al mástil con unos prismáticos. Alguien grita apuntando a la lejanía y Sagarminaga se sumerge en el agua. A los pocos minutos hay una tortuga caguama en cubierta. La marca satelital que cuidadosamente colocan en su caparazón servirá para apoyar medidas concretas en favor de su conservación. La tortuga que abrazó hace unos minutos es devuelta a la mar convertida en una nueva colaboradora para la salvaguarda del Mediterráneo.

Resulta difícil imaginar a Ricardo en un contexto diferente al del Toftevaag: “Esto ya no es un barco, es parte de mí”, confiesa. Cuenta que siendo niño “juntaba cuatro troncos e imaginaba estar en el Atlántico Norte” y a los 18 años, en ese momento en el que le “hervía la sangre ante las injusticias”, se convirtió en voluntario de Greenpeace.

Estuvo en los mares más grises, aquellos donde se estaban vertiendo tóxicos, y llegó a lanzarse al mar para impedir la contaminación de los océanos poniendo por delante su propio cuerpo: “Paraban el barco o me ahogaba”. De Greenpeace aprendió “la religión de la no violencia y también el respeto al contrincante”, pero siempre se sintió más cómodo siendo un David contra Goliat, trabajando desde la base, así que cuando la organización empezó a crecer emprendió su propia aventura al mando de Alnitak. En su primera expedición empezaron a encontrar delfines muertos en la costa de Túnez: “Era un misterio, nadie sabía qué estaba pasando…”.

Un escudo para amenazas invisibles

Ahora, con los datos en la mano, explica que “en el Mediterráneo los delfines tienen 10 veces más concentración de productos tóxicos persistentes en sus grasas que en cualquier otra zona de Europa. Eso significa que, aunque una hembra de delfín pueda sobrevivir sin ninguna enfermedad, cuando tiene una cría la alimenta con leche tóxica y las hembras pierden sus dos o tres primeras crías. Es muy difícil trasladar esto a la gente, pero estás viendo una manada de 50 delfines aparentemente sana que está condenada a desaparecer”.

A través de su relato, lo que no vemos cobra mayor importancia: “Es la pesca no sostenible, son los microplásticos, pero también es la contaminación tóxica, la contaminación acústica… A nivel mediático es mucho más impactante ver una ballena llena de sangre que la sordera de los delfines y ballenas por tráfico marino en una zona, pero a nivel de población es mucho peor lo segundo. ¿Cómo trasladas eso a la ciudadanía y cómo actúas sobre eso?”.

La pregunta queda flotando en el aire mientras llegan pruebas que sí podemos ver y tocar. El Toftevaag arrastra una estructura que imita una mantarraya; su forma, la velocidad y el mecanismo es igual al del animal que se alimenta de plancton y pequeños peces. Al inspeccionar qué ha filtrado la malla de este sistema digestivo artificial en apenas unas horas encontramos partículas de plástico de todos los tamaños: es el alimento venenoso que los humanos hemos insertado en la cadena trófica de las especies marinas. Todo el mundo puede verlos en el tubo que colocan en cubierta. No ocurre lo mismo con los retardantes de llamas provenientes de la ropa que también se concentran en el mar y digieren los peces de los que nos alimentamos, ni con las concentraciones de ibuprofeno que se mezclan en las aguas del Ártico.

Uno de los problemas más graves a los que Ricardo se enfrenta en la actualidad es la pesca fantasma. Quienes lanzan al mar marañas formadas por botellas de plástico y trozos de red desconocen que dichas estructuras viajarán arrastradas por las mareas poniendo en peligro a las tortugas que quedan atrapadas en ellas. Las trampas provienen de zonas empobrecidas y de campos de refugiados; es pesca de supervivencia, lanzada a la desesperada por quienes no tienen nada que echarse a la boca y carecen de herramientas para pescar. Por eso, el futuro de este marinero está en países como Yibuti, en el Cuerno de África, donde quiere hacer de los pescadores los principales protagonistas de la conservación del medio marino.

Ricardo nos recuerda que “en grandes ecosistemas, los problemas son complejos y es una conjunción de amenazas la que nos lleva a una situación como la que tenemos ahora, absolutamente dramática”. Reducir los plásticos, limpiar las playas y ser conscientes del efecto que tienen nuestros hábitos de consumo puede ser el primer paso para cambiar las cosas, y de nada sirve señalar a culpables específicos porque “en la base a estos problemas muchas veces estamos nosotros y cuál es nuestra forma de vivir”. Tras 30 años al mando de Alnitak, Ricardo sigue trabajando para que toda la sociedad ponga rumbo hacia la conservación: “Hay que luchar desde la ciencia y el pragmatismo”. En el Toftevaag siempre serán bienvenidos nuevos grumetes que compartan su filosofía.


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