Ciudad de México, México, 4 de octubre de 2016, México Ambiental.- En la actual época de conflictividad y dolor social en México y América Latina, las universidades públicas tienen la gran responsabilidad de comunicarse con la sociedad, por lo que debe repensarse el sentido de las publicaciones institucionales, no sólo como herramientas de difusión científica para otros investigadores, sino de información abierta a la población.
Así lo sostuvo Néstor García Canclini, investigador del Departamento de Antropología y profesor distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana, quien, en ocasión del 40 aniversario del Semanario de la UAM, habló en entrevista sobre los temas que lo convirtieron en uno de los estudiosos más reconocidos en el área de las ciencias antropológicas. La entrevista completa es la siguiente:
¿Cuáles son los asuntos de mayor interés en el estudio de la antropología social?
Hay una ampliación del horizonte temático: en un principio, la antropología en México se centró en aspectos mesoamericanos y posteriormente en temas de la nación; encontramos que hay otros procesos que han llamado mucho la atención, sobre todo en las generaciones más jóvenes. Hay una expansión que tiene que ver con la globalización, la interculturalidad, la dificultad de convivencia entre sectores, etnias, países, cuyo análisis trasciende la escala local. En México se estudian las relaciones entre las 62 etnias indígenas existentes, pero también los casos de migrantes mexicanos hacia Estados Unidos y de los que vienen de otros países, incluso asiáticos. Otros temas son los jóvenes y la diversidad sexual, que atraen mucho por tratarse de zonas muy dinámicas, con cambios rápidos que hacen necesario ejercer una exploración nueva, no quedarse con estereotipos para ver cómo los miembros de distintos sectores o regiones van reaccionando a las transformaciones.
¿Cómo aborda la antropología social la era digital o la revolución tecnológica?
Surgieron en las décadas de 1960 y 1970 con los estudios comunicacionales; poco a poco fueron generando interés en otras disciplinas, entre ellas la antropología. Al estudiar incluso una comunidad indígena o campesina en la que hay presencia de TV y celulares, uno entiende que eso forma parte de la vida comunitaria, entonces hay que incluirlo en la investigación. La antropología puede dar visiones cualitativas pormenorizadas de las interacciones personales y no sólo como los grandes estudios comunicacionales, que cuantifican el aumento de televisores, celulares, las visitas a las redes, qué se comunica en estas, cuáles son los temas trending topic; todo eso interesa a la antropología, pero también entender las nuevas formas de articulación entre lo íntimo, lo privado y lo público. Las relaciones presenciales y las que no lo son tienen mucha importancia para los sujetos. Una investigación reciente del Departamento de Antropología sobre los lectores, en la que no quisimos estudiar la lectura en general sino, ante la duda de si van a seguir publicándose libros en papel o todo va a convertirse en digital, nos interesó entender no tanto el fenómeno de la lectura ni de la industria editorial, sino cómo los lectores se comportan combinando papel-pantalla; en ese caso aparece con mucha claridad que no hay una opción tajante, sino una mezcla de soportes y de modos de acceso. El libro Hacia una antropología de los lectores usa la palabra ‘hacia’ porque estamos comenzando a ver qué puede decir esta ciencia sobre cómo leen los niños, los jóvenes o los adultos que nos hemos incorporado tardíamente al uso de nuevos dispositivos, pero que encontramos muchas funciones que antes estaban separadas y ahora, con la convergencia tecnológica, se interrelacionan.
¿Cuáles son las implicaciones del incremento en el acceso a Internet en el hemisferio?
Es significativo que en pocos años se haya duplicado en América Latina el número de poseedores de dispositivos electrónicos, pero también lo es la población que no los tiene. Registramos 44 por ciento de la población conectada, pero ¿qué sucede con el restante 56? Es preocupante que las cifras en México sean inferiores en relación con otros países de la región y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esta sorprendente reorganización de las comunicaciones genera preguntas que no suelen tener respuesta en las encuestas: ¿a qué se conectan los usuarios?, ¿con qué fines?, ¿qué tipo de interacción buscan?, ¿qué información obtienen? Por ejemplo, en el mercado anglosajón se compran muchos más bienes por la Red. En México y en general en el mundo hispanohablante sólo una pequeña parte de la población confía en Internet para comprar, obtener mejores precios y recibir los productos.
¿Qué tipo de ciudadanía se está constituyendo con esta interacción, una mejor comunicada?
Es una ciudadanía que se informa con mayor facilidad. Los que buscamos información contrastada la podemos hallar en periódicos, medios electrónicos, blogs y páginas de Internet. Antes sólo comprábamos un diario o una revista o veíamos algún programa de televisión. La mayoría de las páginas es gratuita y hay muchos recursos para la educación, pero también para el entretenimiento. Es un avance extraordinario y fascinante, pero al mismo tiempo esa comunicación se hace con opacidad y corresponde a estructuras que no sabemos bien cómo funcionan. Se sabe que los datos proporcionados en pantalla son vendidos por empresas a bancos o compañías que ofertan algo y por eso recibimos tanta basura e información no deseada. Estamos sometidos a este régimen ambivalente y ambiguo de mucha más información que puede ser de más calidad pero, a la vez, nos encontramos en un régimen de vigilancia y asedio.
¿Qué tipo de nuevas industrias estarían conformándose en la era digital?
Hay dos grandes etapas del desarrollo de las comunicaciones contemporáneas: la expansión de las industrias audiovisuales entre 1950 y 1980, que con el acceso a la educación y la masificación de los recursos tecnológicos impulsó el video, la música y el cine. A partir de 1990 la digitalización y mundialización de los contenidos culturales abrió nuevas posibilidades de comunicarnos y acceder a una diversidad que no ofrecen las salas de cine u otros bienes, que han sido capturados por empresas casi siempre de origen estadounidense con repertorios más pequeños en función de sus grandes clientelas y no de la diversidad cultural.
Las culturas locales, cada vez con mayor contacto con contenidos externos, ¿tienen posibilidades de coexistir?
La antropología ha cambiado también en esta perspectiva. Aquella especializada en las comunidades locales en un principio vio como una amenaza la llegada de las industrias culturales o de la comunicación masiva, pero estudios más cuidadosos sobre los comportamientos, gustos y pensamiento de los habitantes de esas comunidades muestran que los artesanos salen a vender sus productos a las grandes ciudades e incluso en el extranjero y que les interesa lo que pasa en las metrópolis. La música, más que las artesanías, se difunde más allá de la comunidad y hasta del país; ha habido un reconocimiento internacional, una selección del género étnico y eso crea un continuo local-nacional-global; no es una oposición tajante entre lo local y lo global, sino con muchos intermediarios, que a veces son los propios productores o consumidores de lo local que están interesados en esa circulación y en retroalimentarse con otra música, con otros diseños. El objeto de la antropología, por lo tanto, ya no puede ser la cultura local ni siquiera la nacional, sino las interacciones e intersecciones, que pertenecen a las comunidades pequeñas y lo que circula en las muchas redes globalizadas.
¿Cómo se relaciona esta descripción con el concepto de culturas híbridas que usted propuso a inicios de 1990?
Cuando escribí el libro Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad comenzaba a percibirse en México y el mundo esa interacción entre culturas; se indagaba ya el efecto de las migraciones, pero como la antropología llegó más tarde al estudio de las comunicaciones masivas y de procesos como la digitalización de la cultura, nos dimos cuenta de que las herramientas que históricamente había construido esta disciplina para analizar la interculturalidad, también eran muy útiles para las formas más extendidas y abiertas de interculturalidad que suceden en Internet: la solidaridad de los movimientos sociales a escala mundial, el conocimiento de las modas, las formas de defenderse y construir agencias por parte de los actores locales, los movimientos rebeldes. Todos los contenidos culturales, sociales y políticos circulan con esta rapidez.
¿Qué opina sobre la idea de que las próximas revoluciones sociales serán mediáticas?
Es indudable que los medios, desde antes de la aparición de Internet, lo que se llamó la videocultura con la irrupción de la televisión como un actor clave en procesos preelectorales y en otros momentos de conflicto, ocupan un lugar significativo; pero nada indica que la televisión o Internet vayan a sustituir las reuniones en las plazas o las manifestaciones en las calles. En México, tan importante es lo que escuchamos en televisión o leemos en blogs, tuits o en Facebook, como marchar por Reforma y tener la experiencia presencial de compartir con otros las demandas no atendidas. Reunirse en el Zócalo seguirá siendo muy importante para los ciudadanos.
¿Cuál es el papel que corresponde a las gacetas universitarias hacia sus comunidades y la sociedad?
Podemos pensar en lo que este tipo de análisis significa para publicaciones como el Semanario de la UAM, del que estamos celebrando 40 años, o las publicaciones universitarias que intentan difundir lo que se hace en las casas de estudio. Estamos entrando a una etapa muy distinta. La publicación en papel puede ser útil y necesaria, pero muchas universidades en el mundo están colocando sus revistas en la Red y cambian de contenido cuando pueden llegar no sólo a profesores y alumnos que recogen su ejemplar o lo consultan en la biblioteca sino a muchos otros. Hay una responsabilidad, en especial de las universidades públicas, de comunicarse con la sociedad en esta época de conflictividad y mucho dolor social en México y en nuestros países. Mientras la mayor parte de la información circula en síntesis apretadas –titulares, tuits, Facebook– la vida académica tiene el respaldo de investigaciones razonadas de las cuales puede extraerse una información más consistente. Mostrar, por ejemplo, los antecedentes de los conflictos que estamos viviendo en el país –asesinatos, extorsiones, sectores ingobernables– y tienen una historia y complejidad contextual que la noticia puntual no nos dice. Algunas universidades cuentan con revistas digitales y yo consulto desde México, en mi pantalla, revistas de varios países latinoamericanos que ofrecen esa visión contextual en textos cortos, a veces de cinco o siete páginas, realizados por expertos y con la proximidad de los acontecimientos que no tienen las noticias que leemos en un periódico. Hay que tener una presencia digital y comunicar los contenidos de las investigaciones de lo que produce la universidad hacia el exterior, porque las voces públicas están siendo asediadas, censuradas y a veces existe la dificultad de conocer visiones más razonadas. Debemos repensar el sentido de las publicaciones universitarias, no sólo como lugares de comunicación científica para otros investigadores con el fin de informar los resultados de sus trabajos, sino de información abierta a la población para crear una cultura sociopolítica y científica.

