Ciudad de México, México, 5 de octubre de 2020, México Ambiental. – México es cuna del maíz, sin duda, pero hoy enfrenta un destino que parece funesto: la invasión de variedades de maíz genéticamente modificados; y el uso extensivo e intensivo de fertilizantes y pesticidas químicos (biosidas, en realidad), para sostener la productividad de estas variedades que ya invaden parcelas en algunas entidades. El panorama se complica por la lucha de poder económico y político, entablada por las grandes empresas biotecnológicas y sus socios dentro del gobierno federal, ha cobrado una víctima importante: Víctor Manuel Toledo, el ex titular de la Semarnat, quien pretendió confrontar el avance de este binomio terrible, para salvar de la colonización biotecnológica al sector rural mexicano.
En este contexto, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, ha publicado materiales de divulgación para destacar la importancia del maíz en la cultura mexicana, en el contexto del Día Nacional del Maíz, que se conmemoró el pasado 29 de septiembre. La Semarnat sostuvo que México es origen de tantas razas de maíz como de grupos étnicos.
Pero, además, parece dejar en claro que la política presidencial será la misma que impulsada por Toledo: defender al maíz criollo nativo, del asedio de la industria biotecnológica transnacional. Frente al programa de fertilización que impulsa la Sader, y de experimentación con OGM, la Semarnat propone y sostiene el Programa Nacional de Agroecología. La lucha y la confrontación establecida hace meses atrás, se endurecerá en los próximos meses.
Los expertos han establecido la existencia de 70 razas mexicanas de maíz, y de 68 grupos étnicos que han tenido en este cereal sustento, cultura y cosmovisión, por lo que el pueblo mexicano se identifica como de hombres y mujeres del maíz.
México es uno de los ocho centros de origen de las plantas comestibles cultivadas, entre ellas el maíz, eje de la alimentación nacional. La gramínea proviene del teocintle, grano silvestre que aún se encuentra en ese estado pero que cultivaron nuestros ancestros hasta encontrar numerosos colores y texturas de grano, capacidad de adaptación, diversidad genética y formas de mazorca.

Ya domesticado el maíz por nuestros ancestros, los vestigios más antiguos de la gramínea datan de 8,700 A.C. y fueron hallados en Tlaxmalac, Iguala, Guerrero.
Los antiguos mexicanos veneraban al maíz, alimento que encarnaba en la diosa Centéotl. Muestra de ello es la Guelaguetza oaxaqueña que año con año reunía a los pueblos de la región para ofrendar honores a esa deidad con música y danzas, aunque la festividad dio un giro en la década de los 60, con fines turísticos.
En la actualidad, el Gobierno de México tiene frente a sí el reto de lograr la autosuficiencia en la producción de maíz no transgénico, y busca salir del estatus de primer importador de maíz en el mundo, ya que sólo en 2018, de la producción agroindustrial nuestro país importó 16 millones de toneladas de maíz, principalmente transgénico.
Sin embargo, esa biotecnología que desarrolló la agroindustria ni disminuyó y menos eliminó en 20 años el uso de agroquímicos ni mitigó el hambre en el planeta, pero sí ha generado problemas de salud pública en países pobres y ricos.

Proteger el maíz ha sido durante muchos años una lucha ciudadana que finalmente vio cristalizado el anhelo de poder rescatar y preservar las semillas originarias de México e inhibir la siembra de semilla de maíz modificada del extranjero, mediante el decreto de Ley Federal para el Fomento y Protección del Maíz Nativo, en vigor desde el 14 de abril del año en curso.
Esta Ley declara las actividades de producción, comercialización y consumo del maíz nativo y en diversificación constante, como manifestación cultural nacional. Asimismo, estipula que la protección de este cereal es una obligación del Estado para garantizar el derecho humano a la alimentación nutritiva, suficiente y de calidad.
Resalta que el Estado deberá garantizar y fomentar, a través de todas las autoridades competentes, que todas las personas tengan acceso efectivo al consumo informado de maíz nativo y en diversificación constante, así como de sus productos derivados, en condiciones libres de organismos genéticamente modificados.

En cuanto a la conservación de las formas tradicionales de producción del maíz nativo establece que el Estado garantizará la conservación in situ de semillas de maíz nativo y en diversificación constante.
Corresponde a las secretarías de Medio Ambiente y Recursos Naturales, de Desarrollo Agrario y Rural y de Cultura, así como al Consejo Nacional de Maíz Nativo identificar conjuntamente las áreas geográficas donde se practiquen sistemas tradicionales de producción de razas de maíz nativo, con base en la información propia o de otras entidades públicas como el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad y la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados.
La Ley indica también que las tres secretarías mencionadas establecerán las medidas necesarias para fomentar la sustentabilidad de los sistemas tradicionales de producción de maíz nativo en las áreas geográficas identificadas.

En ese sentido, Semarnat impulsa el Programa Nacional de Agroecología y propone dar apoyo a todos los sectores productivos, pero principalmente a los pequeños y medianos productores, a las comunidades campesinas y a los pueblos indígenas para que produzcan maíz con sistemas tradicionales como la milpa, que aprovecha integralmente el espacio agrícola para obtener diversidad de alimentos.
La orientación a un modelo de producción agroecológica fortalece alianzas entre el conocimiento científico y el saber tradicional campesino y de los pueblos indígenas para desterrar el modelo de la revolución verde, que durante más de tres décadas depredó suelos al contaminarlos con agrotóxicos y sembrarlos con semillas transgénicas, lo que impactó los ecosistemas y sus cadenas alimenticias al dañar también a las abejas, y, además, la salud humana.






