Los humanos y los otros

Los humanos y los otros

Constantino Macías García

Ciudad de México, México, 19 de agosto de 2020, Oikos/México Ambiental.- En el contexto de un incremento encarnizado de las voces que denuncian la “otredad” como un mal insufrible, como una lamentable consecuencia de la diversidad humana, que puede, no, que debe controlarse o al menos ocultarse detrás de bonitos muros, nos enteramos de otro pariente de cuya extinción quizá somos responsables.

Homo luzonensis, el nuevo hermano pródigo, nos hace saber que existió, a través de la obstinada persistencia de algunos de sus dientes y de los fragmentos de algunos de sus huesos. Ocultos por milenios, estos restos nos envían, desde el piso de una cueva en el trópico filipino, una señal más de que, si los humanos que nos autonombramos Homo sapiens somos únicos, no es porque la evolución nos haya guiado sólo a nosotros como privilegiada especie desde las llanuras de Olduvai hasta la conquista del planeta.

Tampoco somos únicos porque alguna entidad nos haya creado así, de repente, sin historia ni árbol familiar.

La existencia hasta hace apenas unas cuantas decenas de miles de años del hombre de Luzón, como la del de Flores (Homo floresiensis), apuntalan la hipótesis de que otros miembros de nuestro género, otros humanos, viajaron por Eurasia y Australasia, navegando seguramente entre islas, y produciendo —no podemos dudarlo— tradiciones culturales. Otras más florecieron en Europa dejando tras de sí restos de los parientes a quienes llamamos Neandertales y Denisovanos. En ese mundo que poblaban, por lo menos, otras cuatro especies de humanos, evolucionó nuestra especie, propagándose por todos lados hace unos cuarenta mil años. Poco tiempo después solo quedábamos nosotros.

De los Neandertales sólo perduran, además de restos fósiles y algunos artefactos —testigos también de su culturalidad— unos pocos genes que lograron aferrarse a nuestro legado biológico. Menos evidencia material, y menos genes, llegaron a nuestro tiempo y a nuestro genoma por parte de los Denisovanos. No parece probable que los “Hobbits” de Flores y de Luzón nos hayan compartido algunos genes.

Incluso si no tenemos pruebas materiales de ello, es difícil escapar la culpable inferencia de que fuimos nosotros, los Homo sapiens, los responsables directos de la extinción de nuestros hermanos. Permitirles existir a nuestro lado hubiera requerido que nuestros ancestros los reconocieran como eso, como humanos, como especies hermanas surgidas del mismo tronco común, o de la misma voluntad externa, que los generó a ellos. Claramente los antiguos miembros de nuestra especie no creyeron ni lo uno ni lo otro.

A pesar de las intrigantes leyendas escuchadas ocasionalmente en la Isla de Flores, o en remotas regiones de los Urales y otras partes de Eurasia, que sugieren que la coexistencia de Homo sapiens con alguna de nuestras especies hermanas se prolongó hasta hace algunos cientos de años o menos, no parece quedar ningún resquicio en el que los otros hayan sobrevivido.

Qué pena que ya no estén entre nosotros. Sería fascinante atestiguar las contorsiones retóricas de los líderes religiosos para acomodar la existencia de otras especies humanas dentro de sus estrechos marcos teológicos. ¿Habrán sido dotados de alma? Presumiblemente, dado que no los registran las escrituras, habrían estado ausentes del edén judeocristiano cuando se cometió el pecado original, lo que los haría humanos más virtuosos, más dilectos de su creador, que nuestra especie.

Más interesante y productivo sería participar en el debate sobre las implicaciones morales de enfrentar la coexistencia con especies tan cercanas a la nuestra.

Sin duda deberíamos reconocerlos acreedores de todos los derechos que hemos llamado humanos y que obstinadamente le negamos a nuestros primos menos cercanos, los chimpancés, los bonobos, los gorilas y los orangutanes. Familiarizarnos con la “Gestalt” de otras especies humanas, con su manera de vivir en sociedad, de reconocer el mundo y el lugar que ocupan dentro de él, nos proporcionaría uno de los mayores deleites intelectuales que puedo imaginar.

El descubrimiento del hombre —o la mujer— de Luzón, incluso si solamente nos habla a través de unos pocos restos óseos, nos obliga, como lo hacen otras muchas razones, a cuestionar una vez más la irracionalidad, y la inhumanidad, de nuestras relaciones con los “otros”; las otras etnias, las otras razas o naciones o religiones.

La existencia, si bien efímera de otros humanos contemporáneos con nosotros pone en perspectiva el infructuoso debate sobre la existencia de razas entre los humanos. En efecto, los Hobbits de Flores y de Luzón, los Neandertales y los Denisovanos eran miembros de otras especies, pero fueron humanos. Seguramente no construyeron ciudades ni computadoras, pero fueron humanos.

Los esfuerzos de los antropólogos nos van a regalar, no lo dudo, evidencia de que estos otros humanos también desarrollaron tradiciones culturales, que poseían pensamiento abstracto, que fabricaban herramientas y también artefactos simbólicos.

No necesitamos nada más para reconocerlos como nuestros iguales, no deberíamos necesitar más para cobijarlos bajo nuestras leyes si estuvieran entre nosotros. Tampoco nos hace falta ningún argumento para abrazar de la manera más incluyente posible a todos, absolutamente todos los humanos con los que sí compartimos este tiempo.

En particular este tiempo, en el que los nacionalismos de todos los colores nos invitan a mirar solamente lo que pasa en el reducido, moralmente diminuto espacio de nuestra nación, etnia, religión o partido político, negando a todos los que no habitan ese lugar, la condición de “humano” que nos debería mover a hermanarlos.

Para saber más

Détroit, F., A.S. Mijares, J. Corny, G. Daver, C. Zanolli, E. Dizon, E. Robles, R. Grün y P.J. Piper. 2019. A new species of Homo from the Late Pleistocene of the Philippines. Nature 568: 181–186.

Encarnacion, A.D.P. 2019. UP-led international team discovers new human species in the Philippines. University of the Philipines.

Fleming, N. 2019. Unknown human relative discovered in Philippine cave. Nature News.

Stoddart, C. 2019. These bones belong to a new species of human. Nature video.

Wade, L. 2019. New species of ancient human unearthed in the Philippines. News from Science doi:10.1126/science.aax6501.

OIKOS=, Año 10, No. 23 (septiembre 2019) es una publicación cuatrimestral, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.


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