Las guerras por el glifosato

Las guerras por el glifosato

Agustín del Castillo

“No existe la ciencia nacional, como tampoco existen las tablas de multiplicar nacionales. Lo que es ‘nacional’ ya no es ciencia”, Anton Chéjov, Cuaderno de notas

 Guadalajara, Jalisco, México, 14 de agosto de 2020, El Respetable.- Nadie con tres dedos de frente pondrá en duda que el uso de sustancias químicas en la agricultura moderna – no se trata solamente de la llamada “industrial- entraña riesgos, de moderados a elevados, para la salud ambiental e incluso humana. Ese ha sido una parte muy relevante del costo que se ha pagado para alcanzar una producción masiva de alimentos como no se había dado en la historia de la humanidad.

Tampoco habrá quién se oponga a la eliminación de sustancias peligrosas: el mismo mercado lo entiende como un reto, y eso explica que salgan generaciones nuevas de sustancias que tratan de minimizar los daños y responder al desafío de mantener la producción, lo cual es complejo porque casi un siglo de mal uso de los agroquímicos, de técnicas de labranza intensiva y sin rotación de cultivos o de sitios, han ocasionado daños colaterales serios, como la pérdida de fertilidad, la contaminación de los suelos, la resistencia a los mismos compuestos químicos y una reducción de su efectividad.

Aquí la comparación con lo que sucede con los organismos humanos mal gestionados, con saturación de medicamentos y abuso de algunas sustancias como los antibióticos, puede ser afortunada.

De este modo, estamos en momentos en que el mal uso de las tecnologías y la mala aplicación de la ciencia, es decir, la falta de un manejo integral de algo tan complejo como un territorio donde la vida y los ciclos de la materia se realizan algo tan complejo como un territorio donde la vida y los ciclos de la materia se realizan, nos pasan facturas. Esto está en el corazón del gran debate de nuestro tiempo: si somos o no una especie viable para mantener la biosfera en condiciones de que las otras especies vivientes tengan cabida en ella. Es claramente un tema de subsistencia, pues los Homo sapiens somos animales, evolucionamos en los entornos naturales y dependemos críticamente de los recursos que estos nos proveen para establecer culturas, generar economía y fundamentar la empresa colosal del conocimiento que nos ha puesto a la cabeza de un mundo frágil; muchas veces con pésimos resultados de nuestra labor como conserjes autoasumidos.

Estas reflexiones valen la pena considerarse a propósito del reciente debate entre las secretarías federales de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), que encabeza Víctor Toledo Manzur, y de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), presidida por Víctor Villalobos, en específico sobre el herbicida glifosato, el más popular del planeta, que el primer funcionario pretende sea proscrito del campo mexicano dado los riesgos a la salud ambiental que implica su uso, mientras el segundo sostiene que solo es posible si se le sustituye por una sustancia equivalente de menor toxicidad, y graduales cambios en el uso de herbicidas en el campo mexicano, o en caso contrario, habrá que ponderar la posibilidad de enfrentar una debacle productiva.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha zanjado salomónicamente el debate – que surgió tras una filtración de un audio de Toledo con críticas a las inconsistencias del gobierno que se ha autodenominado “la Cuarta Transformación”, y en particular, a los intereses que le señala a funcionarios como Villalobos o el asesor presidencial Alfonso Romo- al declarar en esta semana que no consumirá como gobierno ninguna porción del herbicida (por ejemplo, en Sembrando vida), pero el producto deberá salir de su uso cotidiano en la agricultura nacional gradualmente, es decir, siempre que se desarrollen alternativas para no complicar un escenario de productividad que encuentra prioritario.

Hay que subrayar el enorme valor simbólico –es decir, ideológico- de la disputa por el glifosato. Para los ambientalistas planetarios y locales, encarna una relación que juzgan perversa con los organismos genéticamente modificados, y señalan directamente a la empresa estadounidense Monsanto como beneficiaria de su amplísima comercialización, además de ser sospechoso de alta toxicidad. La patente venció en 2000 y el químico surgido desde los años 70 es ahora un genérico con muchas marcas, bajo costo y cuya aplicación suscita polémica, pero a los agricultores les da resultado.

Pero además, en México se señalan alrededor de 190 productos distintos en uso, muchos de ellos con estudios científicos que demuestran sin duda ser de riesgo mucho más alto… Pero ninguno tan cuestionado, ni tan usado, como el glifosato, que por cierto, tiene indicios de duda sobre su condición de carcinógeno que no son concluyentes, aunque sin duda, se le suele combinar con otras sustancias y el resultado suele potenciar daños a la salud.

“El glifosato es el herbicida más usado actualmente en todo el mundo. Entre los años 1974 y 2014 se produjeron 8.6 millones de toneladas de glifosato y, derivado de la introducción de los cultivos genéticamente modificados tolerantes al glifosato, su uso se incrementó 15 veces desde 1996. Actualmente, el glifosato se fabrica en numerosos países y tiene diferentes nombres. La formulación comercial de herbicida basado en glifosato más conocido a nivel internacional lleva por nombre “Roundup®”.

En México las principales marcas de herbicida con glifosato son Faena®, Cacique 480®, Nobel 62%®, Lafam®, Eurosato® y Agroma®”, señala la Monografía sobre el glifosato, elaborada por el Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología), que como es sabido, se ha autodeclarado bastión de una ciencia nacionalista opuesta a la “ciencia neoliberal” que se habría heredado de otras administraciones.

“En la agricultura comercial el glifosato se utiliza en cantidades de 1.5–2 kilogramos/hectárea (kg/ha) en la etapa pre-cosecha, post-siembra y pre-emergencia; alrededor de 4.3 kg/ha como un spray dirigido en viñas, huertos, pastos, silvicultura y control intensivo de malezas. Aproximadamente el 45 por ciento del uso agrícola del glifosato está asociado a los cultivos transgénicos (principalmente maíz, algodón, canola y soya tolerantes a glifosato)”, añade (ver https://www.conacyt.gob.mx/cibiogem/images/cibiogem/comunicacion/MONOGRAFIA_SOBRE_GLIFOSATO_19.pdf ).

Es decir, si damos buenas las cifras del informe –en el caso mexicano se quedan cortas, aquí no tenemos cultivos autorizados de maíz transgénico, por ejemplo, y el maíz es el principal producto nacional- el glifosato es tan popular que se usa en paquetes tecnológicos de productos híbridos e incluso tradicionales, dada su eficacia en eliminar malezas.

El debate no es, ni de lejos, solo mexicano, pero ni la Organización Mundial de la Salud ni la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) han señalado la conveniencia de prohibir el glifosato. Y en las rondas comerciales de naciones productoras, la preocupación por señales equívocas, por ejemplo, de la Unión Europea, suscitan debates intensos. Así lo reporta la comisión Codex alimentarius de esas dos organizaciones al dar cuenta de reuniones acaecidas en 2017, año en que la UE prorrogó el glifosato tras fuertes dubitaciones.

(http://www.fao.org/fao-who-codexalimentarius/sh-proxy/en/?lnk=1&url=https%253A%252F%252Fworkspace.fao.org%252Fsites%252Fcodex%252FMeetings%252FCX-701-41%252FInformation%2Bpaper%252Fif41_03s_WTO.pdf).

“La Argentina señaló que la denegación de aprobación del glifosato, cuando las conclusiones de las evaluaciones científicas disponibles respaldaban la renovación de dicha sustancia, pondría en entredicho la realidad de aplicación de procedimientos de adopción de decisiones con base científica en la Unión Europea. Además, señaló que la no renovación de la autorización del glifosato podría significar un retraso de las técnicas agrícolas seguras, afectar al comercio internacional y alterar el precio de los cereales, las semillas oleaginosas y sus subproductos. Aunque reconocía la necesidad de controlar el uso indiscriminado de sustancias tóxicas, la Argentina subrayó la importancia de garantizar que las medidas sanitarias o fitosanitarias estuvieran basadas en pruebas científicas y no restringieran el comercio más de lo necesario. Por ello, instó a la Unión Europea a que cumpliera las obligaciones que había contraído en el marco del Acuerdo MSF, según las cuales las decisiones debían basarse en pruebas científicas, tal como se establecía en el artículo 3, y a que procediera prontamente a la renovación de la autorización del glifosato, de conformidad con la legislación de la UE. Por último, la Argentina señaló a la atención del Comité la decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en el caso C111/16, que disponía que ni la Comisión Europea ni los Estados miembros de la UE podían adoptar medidas de urgencia, como la prohibición de organismos modificados genéticamente, si no estaba demostrado de manera creíble que ese tipo de productos podían presentar un riesgo grave para la salud humana o animal o el medio ambiente”, señala el informe. Esta postura no fue privativa del país del cono sur. Coincidieron Estados Unidos, Canadá, Australia y otras naciones altamente productivas”.

Platiqué sobre el tema con el ex secretario de Agricultura en los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, el agroempresario jalisciense Francisco Mayorga Castañeda.

Vale la pena subrayar algunas de sus consideraciones: el campo mexicano no puede prescindir hoy del glifosato, el camino sensato es moderar su uso y mejorar la aplicación de los paquetes tecnológicos para reducir riesgos de toxicidad, y el debate en realidad favorece… a Monsanto, que no tiene hoy los beneficios que obtenía del producto cuando estaba patentado, y prepara una nueva generación de herbicidas más eficientes que aumentarán sus ingresos mientras dure la vigencia de sus respectivas patentes.

 “Hay mucho de carga ideológica en este debate, igualmente con los transgénicos; muchas veces van de la mano glifosato y transgénicos, de hecho, nacieron como una fórmula, donde era la combinación perfecta; después ya el glifosato se volvió genérico, y es el herbicida más usado en el mundo. Como todo veneno, tiene daños colaterales; no hay ninguna medicina inocua, si usted no administra bien un medicamento va a causar daños. Es igual acá, si no hay una buena aplicación, la dosis, todos los protocolos de seguridad al usarlo, puede causar daño. Pero por otro lado es muy efectivo, es barato, está disponible en cualquier parte, y los sustitutos son peores, entonces ahora sí que es el mal menor”, me dijo.

¿Qué pasa si se prohíbe el glifosato en México? “Obviamente se buscarían otros productos de reemplazo, pero con mucha más toxicidad, como puede ser el paraquat, o si se quiere prescindir de herbicidas, tendría que hacerse mucho trabajo con mano de obra, disparando costos a niveles insostenibles. La verdad sería completamente impráctica, habría contrabando, habría muchas otras formas de paliar esa falta del producto en el mercado”.

Mayorga advierte que el camino es la agricultura de precisión. Un herbicida es más eficaz y menos riesgoso si se consideran factores como tipo de suelo, hora de la aplicación, el agua que se va a usar, la calibración de los equipos, el viento. Usar bien los agroquímicos implica ahorros. Por eso vale la pena hacer primero un análisis de suelo y determinar lo que necesita cada predio y cultivo.

¿Quién gana en este debate contra el glifosato? “Monsanto termina ganando, porque están buscando nuevos productos, Dicamba, por ejemplo, es otra generación que apenas se prueba y empieza a liberarse en EU; así como el glifosato tuvo su época, vendrán otros a sustituirlo. Cuando esté en el mercado, habrá costo mayor, a la mejor más efectivo, pero Monsanto y otras multinacionales recuperarán su inversión”, subraya.

El debate sobre el tema es largo y apasionado. No hay duda de que el mal uso de la ciencia para producir vegetales ha dañado la biosfera en la revolución verde. José Ignacio Cubero dice en su Historia general de la agricultura (editado por Guadalmazán, 2018): “…la paradoja es que el sistema americano , que hundía sus raíces en la revolución agrícola del siglo XVIII y que se nutría de buena ciencia, olvidara alguno de sus componentes esenciales, en particular el equilibrio  en el suelo, en los cultivos y en los alimentos […] la agricultura industrial es científica en cuanto utiliza criterios y conocimientos científicos, pero el mercantilismo supera ampliamente al cientifismo en cuanto a sus decisiones, pues ha elegido constantemente ir adelante incluso tras grandes desastres ecológicos como el de la región del [mar] Aral, las tormentas de polvo americanas y las grandes  pandemias vegetales…”.

Es decir, los desastres se generaron por la mala aplicación de los principios científicos. “El triunfo en el siglo XIX de los mineralistas sobre los humistas [suelo], es decir, los que defendían que bastaban los elementos minerales para una correcta nutrición de las plantas sobre los que cifraban todo en el humus, motivó el uso cada vez más intenso de abonos inorgánicos, en principio naturales (guano), y pronto sintéticos. La demostración del papel de los elementos minerales fue científica, pero el no haber considerado todas las variables motivó una mala aplicación de la ciencia. El efecto de los elementos minerales, sobre todo los nitratos, era ciertamente espectacular en cuanto al rendimiento, pero se ignoró el papel de la materia orgánica a pesar que desde los tiempos más remotos se sabía del efecto beneficioso del abonado verde. A esa materia orgánica, el humus, hay que añadirle la olvidada comunidad del suelo formada por una infinidad de micro y macroorganismos que facilitan la mineralización de los compuestos orgánicos y su absorción por las raíces. Si por un mal manejo desaparecen el humus y la comunidad del suelo, éste que, como se ve, es un organismo vivo, muere, y el cadáver es una capa de polvo”.

El mal manejo, agrega, puede generarse por el continuo monocultivo, “que al extraer siempre los mismos elementos y al favorecer a unos simbiontes o comensales sobre otros, rompe el equilibrio químico, físico y biológico en el suelo; las rotaciones de cultivos tenían ese objetivo, y mejor las largas alternativas (dejar descansar más tiempo una parcela) que las cortas. El daño se potencia si este desequilibrio se acompaña de excesivas labores que pulverizan la capa arable y se abusa de todo lo que la industria química ha logrado poner a disposición del agricultor para ser usado correctamente, no en exceso, excesos que se han cometido y se siguen cometiendo…”.

Un caso local que ilustra estos excesos es la cuenca de Chapala. En 2013, Alejandro Juárez, de Corazón de la Tierra, presentaba un informe de una investigación pionera sobre el tema: se estimaba que se usaba al menos 30 por ciento más agroquímicos que los recomendados por los fabricantes para cultivos en zonas que terminan arrojando los residuos al mayor lago nacional.

Publiqué en Milenio Jalisco un resumen del trabajo (edición del 9 de noviembre de 2013): “Existe un uso elevado de pesticidas en las zonas agrícolas, incluyendo sustancias de alta toxicidad, como el paration metílico y el carbofuran. De acuerdo a reportes científicos, varios de los productos encontrados tienen efectos sobre peces y aves (afectación a especies nativas y el volumen de pesquerías, con efectos económicos, sociales y ambientales). Asimismo, existen reportes de afectación a la salud humana. El efecto de dichos productos en el ecosistema del Lago de Chapala y sus afluentes es desconocido. Los agroquímicos son empleados en la zona incluso por arriba de las concentraciones recomendadas por los fabricantes, lo que revela el escaso asesoramiento técnico para el uso de los mismos.

El uso de fertilizantes es elevado en un panorama de pérdida en fertilidad del suelo, lo que genera un efecto de pauperización del sector agrícola. Los cultivos de ladera utilizan la mayor cantidad de agroquímicos por hectárea y pierden mayor suelo por erosión hídrica (600 por ciento más que el cultivo de temporal).

A pesar del alto volumen de Nitrógeno y Fósforo aportados por las actividades agrícola y urbana y que son arrastrados por la lluvia, el lago se encuentra en un estado oligotrófico-mesotrófico (nivel medio-bajo). Debido a la baja penetración de luz en el agua estos nutrientes no son utilizados por las algas. Se desconoce el punto de saturación de los sedimentos: es posible un cambio brusco de las condiciones del lago”.

De manera que es un problema complejo, del que el glifosato es solo un eslabón cuya proscripción a raja tabla es muy discutible ante el amplísimo espectro de abusos de elementos químicos que destruyen ecosistemas y vidas humanas. Es el riesgo de los símbolos, pueden terminar como una mala palabra cuya omisión en el relato de un crimen haga este aceptable.


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