Connect with us

Fenómenos naturales

Fuego en La Primavera: sobre la maldad, el azar y la estupidez

Published

on

Agustín del Castillo

“Todos los esfuerzos educativos de las sociedades democráticas parecen haber pasado por alto un problema esencial del conocimiento: el pensamiento crítico, si se practica sin método, conduce fácilmente a la credulidad. La duda tiene virtudes heurísticas, es cierto, pero también puede conducir, más que a la autonomía mental, al nihilismo cognitivo”

Gérald Bronner, La democracia de los crédulos

Guadalajara, Jalisco México, 27 abril 2021, El Respetable.- Parece que señalar el azar y la estupidez como causas de muchos hechos desastrosos no es atractivo. Es profundamente desolador y poco satisfactorio decir, por ejemplo, que los incendios que en esta temporada asuelan al bosque La Primavera, en la periferia de Guadalajara, no fueron provocados por el clásico y malvado fraccionador que anhela la destrucción de la floresta para finalmente, recibir el anhelado permiso de urbanizar. Carece de lógica esa proposición, pero tiene la seducción de toda buena historia, donde señalar el villano es indispensable.

¿Por qué carece de lógica? En primer lugar, porque el área natural protegida (ANP) no puede ser objeto de acciones de urbanización. Un aspecto enormemente beneficioso del decreto de 1980 es que la frontera urbana se contuvo ya hace 41 años al interior del polígono protegido, aunque esto debe ser matizado. En segundo lugar, si nos vamos a la hipótesis de la zona boscosa no integrada al ANP, incendiar un bosque ya no conduce a la obtención de permisos, como se podía en el pasado.

La Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable es clara en su artículo 97. “No se podrá otorgar autorización de cambio de uso del suelo en terreno incendiado sin que hayan pasado 20 años y que se acredite a la Secretaría que la vegetación forestal afectada se ha regenerado, mediante los mecanismos que, para tal efecto, se establezcan en el Reglamento de esta Ley”. De hecho, la versión anterior de esa disposición, en el antiguo artículo 117, era menos restrictiva, pues permitía un “a menos que se acredite fehacientemente a la secretaría que el ecosistema se ha regenerado totalmente”, lo que daba la posibilidad de acortar los plazos. La presión de la opinión pública en los últimos cinco años hizo que los legisladores quitaran esa posibilidad. Ergo, como hipótesis legal, no funciona esta idea conspirativa.  Aunque, me dirán, la maldita corrupción…

Por su parte, el artículo 418 del Código Penal Federal señala: “Se impondrá pena de seis meses a nueve años de prisión y por equivalente de cien a tres mil días multa, siempre que dichas actividades no se realicen en zonas urbanas, al que ilícitamente: I. Desmonte o destruya la vegetación natural; II. Corte, arranque, derribe o tale algún o algunos árboles, o III. Cambie el uso del suelo forestal. La pena de prisión deberá aumentarse hasta en tres años más y la pena económica hasta en mil días multa, para el caso en el que las conductas referidas en las fracciones del primer párrafo del presente artículo afecten un área natural protegida”.

Efectivamente, la corrupción es mágica y puede tener el efecto de simular el cumplimiento de la ley. En primer lugar, tendría que señalar que no se puede hablar con vaguedades: se deben establecer casos específicos. Mi experiencia periodística me revela que es muy complicado que un terreno forestal incendiado, dentro de las definiciones de las leyes federales, pueda fácilmente pasar por alto la ley. Los cambios de uso de suelo forestal deben ser publicitados y discutidos al seno del Consejo Estatal Forestal y Suelos, el cual, por ley, tiene derecho a emitir una opinión. Si bien esta no es vinculante, la política usual de la autoridad es atender sus recomendaciones. Y si no se atienden, el riesgo de escándalo se potencia. Dicho consejo está integrado por asociaciones y profesionales, además de representantes de gobierno. No descartemos la posibilidad de que todos se corrompan, pero eso tendría sentido para algún negocio inmobiliario de verdad espectacular, que La Primavera no ha tenido en muchas décadas. Sería evidente. ¿Cómo consiguieron los permisos estos tipos?, es lo menos que hay que cuestionar.

¿Cómo le hacen entonces para construir en el Cerro del Tajo o en el Nixticuil?, se preguntarán legítimamente. No necesitan quemar el bosque para hacerlo. En ambos casos, se trata de predios afuera de las áreas protegidas decretadas. Suelen partir de un proceso jurídico en que un bosque de condición natural, regulado por el gobierno federal, se convirtió en área urbana. El gran negocio de los especuladores de bienes raíces en los últimos 30 años fue establecer sus derechos por esta vía. Al hacerse zona urbana cambia su naturaleza jurídica, pues son los ayuntamientos los que pueden establecer cambios de uso de suelo. Se asume que la autoridad federal fue consultada y permitió la transformación. ¿Qué tan legal fue el proceso? Es necesario hacer uso de los procedimientos de transparencia para alcanzar la respuesta a cada caso concreto (nuestra bendita democracia hoy en riesgo). Pero a lo que quiero llegar, simplemente, es a otra cosa más sencilla: esos fraccionadores que depredan bosque no protegido se harían hara kiri, o se dispararían al pie, si se pusieran a quemar un predio con bosque, pues la cláusula de la Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable no admite excepciones.

¿Cuál es el matiz? Por un lado, existe una urbanización hormiga, que, aunque afecta una superficie mínima contra el tamaño del polígono (unas 90 hectáreas contra 30,500 ha decretadas), ha logrado salir avante por la tibieza o la complicidad de las autoridades que deben impedirla. El mejor ejemplo es el rancho PicNic, que se ubica a pocos metros del ingreso oriente del ANP, prolongación avenida Mariano Otero. El dueño decidió construir con anuencias municipales y prefirió un expediente de daños ante la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), instancia que en vez de ordenar demolición, lo obligó a ciertas acciones de “remediación” que hacen que la gran finca de cantera permanezca en la zona desde hace más de diez años (es menester señalar, en descargo del dueño, que este reproduce venados y que ha puesto el área a disposición de las autoridades para el aterrizaje de helicópteros cada que hay un incendio, además de financiar una torre de vigilancia).

El caso más grave de invasiones hormiga al bosque se da en el ejido Santa Ana Tepetitlán, donde una acción legal en que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, responsable del decreto federal, fue aparentemente omisa, permitió separar del decreto entre 580 y 640 hectáreas de bosque ejidal, que se convirtieron en tierra de nadie, pues no han sido incorporadas como tierra urbana y tampoco ha hecho su trabajo la autoridad federal de impedir la construcción, lenta pero jamás detenida, de vivienda para personas de escasos recursos, al interior de la zona forestal.

Es tan grave ese caso, que, de uno de los fraccionamientos irregulares de Santa Ana Tepetitlán, El Tizate, salió el fuego que provocó el devastador incendio de 2012, el segundo mayor en tres décadas, después del de 2005, para el ANP.  Esto permite pasar a un segundo punto: los incendios tienen por lo general causas humanas imprudenciales, además del tremendo problema climático que arrastran estos meses secos. Cualquier bachicha de cigarros, en el sitio con condiciones de combustión, y con el viento primaveral, puede provocar la pronta expansión de una deflagración. Ya he comentado en otras ocasiones que el cinturón de bosques, pastizales y asentamientos humanos que rodean La Primavera, no tiene una verdadera regulación, y debería ser la zona de amortiguamiento por la que ha pugnado la sociedad científica y ambientalista de la ciudad desde hace más de 30 años. Por hoy, son responsabilidad municipal o federal, según sea el uso de suelo, pero ambas suelen ser omisas, con sus excepciones. Casi 90 por ciento de los incendios de La Primavera nacen en esta franja.

En conclusión, la historia de que esos incendios son para construir adentro de La Primavera, es un tiro fallido. Son efectos de una mala gestión territorial afuera de La Primavera. Adentro del bosque no se necesita ningún otro decreto, el área natural protegida ha impedido los fraccionamientos desde hace 41 años. Lo que se necesita en la franja contigua es que los municipios y/o el gobierno federal asuman su responsabilidad de vigilar y proteger. Ya sé que buscar villanos en historias dramáticas es casi parte de nuestra naturaleza humana, pero si el diagnóstico es errado la solución no puede llegar. No todos los casos de desastre implican un dolo o una acción deliberada y contumaz. Estos eventos de fuego en realidad no benefician a nadie. La realidad a veces es más compleja… y aburrida.

El fuego no tiene que ser enemigo

Sobre la problemática del fuego de esta temporada en La Primavera, tengo a la mano dos detallados documentos que ha elaborado uno de los grandes expertos en manejo de fuego en el país, Enrique Jardel Peláez, de la Universidad de Guadalajara. La publicación en El Informador, el pasado 17 de abril de 2021, de una opinión de este notable técnico provocó un arqueo de cejas en más de algún analista académico obsesionado con las culpabilidades dolosas, o al menos, bajo la crítica de que no se puede “normalizar” la idea de que el bosque es apto para que el fuego pase por sus ecosistemas periódicamente, año con año. En realidad, tanto Para entender los incendios en La Primavera como la Evaluación preliminar del incendio forestal “Las Canoas-Najehuete-Pedernal”, ofrecen datos técnicos rigurosos que permiten bajar la histeria colectiva sobre las causas y efectos del fuego, pero sin dejar de señalar la necesidad de asumir que un bosque de estas características debe contar con todos los instrumentos de gestión adecuados, y un compromiso metropolitano firme para su protección y financiamiento.

“Rodeado por centros de población, terrenos agrícolas, áreas industriales e infraestructura carretera, el bosque La Primavera es actualmente un fragmento de hábitat forestal con una conectividad limitada con otros terrenos boscosos cercanos y amenazado por los efectos de la transformación ecológica del paisaje circundante, incluyendo la contaminación atmosférica y los efectos sobre el clima de la isla de calor de la ZMG. En su interior, los ecosistemas forestales han sido objeto de una larga historia de transformación antropogénica asociada a actividades agropecuarias, explotación de recursos forestales, actividades recreativas y expansión de centros de población”, señala en el primer documento.

Además de todos estos factores de transformación e impacto ambiental, “la incidencia de incendios forestales es considerada como uno de los problemas más críticos de degradación ecológica, y, sin duda, es uno de los más visibles y ampliamente difundidos por los medios de comunicación. Todos los años ocurren incendios forestales en La Primavera, la mayor parte en su periferia. En las últimas dos décadas (2001-2020) se han registrado 1,786 incendios que, gracias a los esfuerzos de las instituciones responsables de proteger el área, han sido controlados y reducidos a conatos (52%) o a incendios pequeños de 2.5 a 50 hectáreas (44%). Solo se han registrado ocho incendios grandes entre 1998 y 2021 (0.3% del número total de incendios registrados); estos son los que han atraído la atención de los medios y los que encienden el debate en torno a la integridad del área protegida”, añade.

“Debido a la percepción predominante del fuego como causa de degradación de los valores naturales de las áreas forestales, se ha adoptado una política de combate y supresión de incendios. Los prejuicios acerca de los incendios forestales y la idea de que son ‘el peor enemigo de los bosques’ ha generado una aversión a este fenómeno que, sin embargo, ha formado parte de la dinámica de la mayor parte de los ecosistemas terrestres a través de millones de años de la historia del planeta en que vivimos.

Aunque prácticamente en toda la superficie del bosque La Primavera se han registrado incendios, el área mantiene su cobertura forestal y condiciones de hábitat en las que persisten numerosas especies de plantas y animales silvestres. Entonces ¿cómo es posible que con la alta incidencia de incendios siga existiendo el bosque? La respuesta a esta pregunta está en el conocimiento y entendimiento de la ecología del fuego, el campo de la ciencia que estudia el papel de los incendios en los patrones y procesos de los ecosistemas terrestres”.

De este modo, “la primera lección de la ecología del fuego es que los incendios de vegetación han ocurrido desde que hace 400 millones de años las plantas colonizaron la superficie terrestre creando una cubierta de vegetación cuya actividad fotosintética produce dos de los componentes esenciales para la combustión: materia orgánica combustible y una atmósfera rica en oxígeno. La materia orgánica o biomasa de plantas es el combustible potencial que alimenta al fuego; cuando parte de esta biomasa está lo suficientemente seca, lo cual ocurre en los periodos anuales de sequía, puede encenderse bajo la acción de una fuente de ignición como la caída de rayos (la principal causa de incendios en condiciones naturales) o una quema inducida por humanos; si existen condiciones favorables del estado del tiempo, como altas temperaturas, baja humedad atmosférica y viento, el fuego se propaga en la vegetación”.

Potencialmente, “cualquier superficie cubierta por vegetación puede incendiarse cuando hay tiempo seco, pero la variedad de condiciones de clima, formas del relieve y tipos de vegetación genera una diversidad de regímenes de incendios caracterizados por la frecuencia, estacionalidad y magnitud de los eventos de fuego. Los regímenes de incendios varían desde eventos raros o infrecuentes en ambientes muy húmedos o muy secos donde la propagación del fuego está limitada por la humedad en un caso o la escasez de biomasa combustible en el otro, hasta incendios frecuentes. La diversidad de formas de vida ha evolucionado bajo estos diversos regímenes de incendios y existen por lo tanto ecosistemas cuya dinámica y funcionamiento depende del fuego. Esta es la segunda lección de la ecología del fuego”.

La Primavera “es un ejemplo de un ecosistema adaptado o dependiente del fuego. Por sus condiciones ecológicas caracterizadas por un clima estacionalmente seco y cálido, y una vegetación formada por un mosaico de bosques de encino y pino y pastizales, los ecosistemas del bosque y su región circundante son propensos a incendios frecuentes, superficiales y de severidad baja a moderada. La evidencia derivada del conocimiento de la ecología del fuego indica que los incendios forman parte de la dinámica de estos ecosistemas. Entonces, si el fuego ha formado parte de la dinámica del bosque y del ambiente evolutivo de su biota, el problema crítico en el bosque La Primavera no es en sí la incidencia de incendios forestales, sino la alteración de los regímenes de incendios que han formado parte de su historia. La tercera lección de la ecología del fuego es que el problema es la alteración de los regímenes de incendios por causas humanas”.

Diferentes factores de cambio presentes en La Primavera “influyen en la alteración de su régimen de incendios. Estos incluyen la transformación del paisaje circundante ocupado ahora por una gran ciudad y zonas agrícolas, la modificación de la vegetación y el complejo de combustibles forestales dentro del bosque, el cambio climático global (el clima es el factor de primer orden que controla los regímenes de incendios) y el creciente número de igniciones en la interfaz del bosque con áreas bajo usos agropecuarios y urbanos. La combinación de estos cuatro factores se traduce en una mayor vulnerabilidad del bosque a los efectos del fuego y otros factores de cambio como sequías y contaminación atmosférica”.

Jardel sostiene que “un problema crítico en el bosque La Primavera, como en otras partes del mundo, es el efecto de la supresión del fuego a través de acciones de combate de incendios. En ecosistemas propensos a incendios frecuentes de severidad baja a moderada, la supresión de incendios favorece la acumulación de altas cargas de combustibles forestales (hojarasca y material leñoso caído) y cambios en la composición y estructura de la vegetación; con esto aumenta la vulnerabilidad de los bosques a incendios más intensos y de mayor severidad, que además son mucho más difíciles de controlar y más peligrosos para las brigadas de combatientes del fuego. A esto se le ha llamado ‘la paradoja de la supresión del fuego’; las buenas intenciones de eliminar el fuego producen incendios más severos y peligrosos”.

Los incendios grandes en La Primavera “han ocurrido en áreas donde el fuego había sido suprimido por varios años. Como ocurrió en el reciente incendio del área de Volcanes-Planillas, que tenía décadas sin quemarse, el fuego tuvo un comportamiento extremo con llamas altas y antorchamiento de árboles; los brigadistas pusieron sus vidas en riesgo para controlar este incendio y, lamentablemente, algunos resultaron lesionados. La supresión de incendios tiene también otros efectos sobre el hábitat forestal y la diversidad de especies. En estudios realizados en La Primavera hemos encontrado que, en sitios sin incendios recientes, con un dosel arbóreo denso y suelos cubiertos por una gruesa capa de hojarasca el sotobosque (el estrato de vegetación formado por hierbas y arbustos) es ralo y muy pobre en número de especies. En contraste, en sitios en los que han ocurrido incendios recientes la riqueza de especies de plantas es más alta. Mientras que en los sitios no quemados encontramos de 2 a 7 especies en unidades de muestreo de 500 metros cuadrados, en los sitios incendiados con efectos de baja severidad se registraron de 7 a 14 especies y en los sitios quemados con alta severidad, donde se formaron claros, se registraron de 9 a 22 especies”.

Es que, aclara, “el componente herbáceo y arbustivo de la flora de La Primavera representa la mayor riqueza de especies del área. Las plantas son la base de la red alimenticia y la diversidad de la fauna de vertebrados e invertebrados depende de la diversidad de plantas que les proporcionan alimento y condiciones de hábitat. Las hierbas y arbustos son también un componente clave del ecosistema que interviene en la dinámica de nutrientes; por ejemplo, plantas de la familia de las leguminosas intervienen en la fijación biológica del nitrógeno, un elemento esencial en la nutrición de las plantas y el restablecimiento post-incendio de la vegetación”.

En la flora de La Primavera, añade el documento, “encontramos una gran diversidad de especies adaptadas al régimen de incendios en el cual han evolucionado. Uno de los aspectos más sorprendentes de la ecología del bosque, al igual que en otros ecosistemas mantenidos por el fuego, son las maravillosas adaptaciones de especies cuyas semillas germinan bajo el estímulo del calor del fuego y el humo, que mantienen tejidos de reserva subterráneos y rebrotan después de los incendios, o que tienen una estructura de hojas en roseta que protegen las yemas de sus tejidos de crecimiento. Los pastos, las asteráceas (la familia de las margaritas), leguminosas y orquídeas terrestres, grupos de plantas con adaptaciones al fuego, constituyen poco más de 50% de las especies de la flora del bosque La Primavera. Árboles como los encinos e incluso pinos como el ocote cerdón (Pinus oocarpa) resisten los incendios superficiales y tienen capacidad de rebrotar después de incendios de alta severidad. La especie de pino referida produce conos serotinos que se mantienen cerrados y sólo liberan sus semillas después del paso del fuego reiniciando la regeneración de la vegetación en las áreas quemadas”.

De manera que se llega a la serótinos lección de la “paradoja de la supresión”: los intentos por eliminar el fuego “aumentan el peligro de incendios grandes y severos, además de crear condiciones de hábitat con menor riqueza de especies. Esto no quiere decir que habría que dejar que el bosque se queme cuando y como sea, especialmente en un área rodeada por un paisaje urbano y agrícola. Lo que esto indica es que la conservación del bosque y su biodiversidad requiere de una estrategia de manejo del fuego”.

El manejo del fuego “consiste en un conjunto de intervenciones planificadas para la conservación de ecosistemas forestales a través de la restauración de su régimen de incendios natural o histórico, la regulación de buenas prácticas de uso del fuego en sistemas productivos agropecuarios y forestales, y la protección de centros de población, recursos e infraestructura. El manejo del fuego combina acciones de prevención física de incendios, la quema controlada junto con la exclusión de incendios en ciertas áreas, así como la restauración de sitios degradados, bajo la guía de principios ecológicos, y el combate y control de incendios cuando estos representan un peligro para la población o los valores naturales. El manejo del fuego implica organización y colaboración interinstitucional, el fortalecimiento de capacidades, la comunicación con el público y la retroalimentación de la generación de conocimiento a través de la investigación”.

Es decir, no es una loa al fuego o a la normalización del desastre. Es la urgencia de manejar el fuego justamente para evitar desastres. Y si no entendemos como sociedad estas nociones elementales de política, de economía (ningún actor económico quema el bosque contra sus intereses) y de ecología, se mantendrá el reino de las ideas bien intencionadas pero equivocadas, donde la seducción del villano del cuento permite aquietar conciencias (si son malos tan poderosos, no puedo hacer nada, nomás quejarme) cuando es claro que los fuegos casi siempre los propician personas de forma imprudencial. Entonces, la famosa sentencia de Goethe es la que sirve de corolario de esta historia: “No es preciso recurrir a la maldad para explicar la causa de los desastres humanos. Con la estupidez basta”.