Puerto López, Ecuador, 14 de Enero de 2016, AFP.- Flacas y con parásitos, extenuadas por éxodos más largos para reproducirse y con los ciclos migratorios alterados por el aumento de temperatura de las aguas: las ballenas, clave para el ecosistema marino, también sufren el impacto del calentamiento global.
“Se les ven los huesos, enfermas, con parásitos, y eso antes nunca lo veíamos”, dijo la bióloga ecuatoriana Cristina Castro, mientras observa el edén de estos mamíferos, los más grandes del mundo, frente a Puerto López, 295 kilómetros al suroeste de Quito.
A este punto del trópico, las ballenas llegan desde la Antártida para tener sus crías.
Los rituales de apareamiento se repiten en otras zonas costeras de Latinoamérica, como en Cabo Blanco en Perú o Bahía Málaga en Colombia, y también en Puerto Pirámides, en el Atlántico argentino. Con aguas más calientes, disminuyen las fuentes de alimentación, lo cual las hace menos propensas a reproducirse. La mayor temperatura del océano también las confunde, modificando la duración y alcance de sus migraciones.
La acidificación de los océanos por el aumento de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera también afecta a las ballenas, porque reduce el plancton con que se nutren.
El cambio climático golpea en particular a las ballenas, que paradójicamente parecen tener la llave para detenerlo, ya que sus heces colaboran con el crecimiento de la mayoría de las plantas que absorben CO2.
Las grandes cantidades de hierro que contienen los excrementos de las ballenas impulsan el crecimiento de algas microscópicas, fundamentales para el equilibrio del ecosistema marino.
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