Home > Articulistas > Distancia social = ¿capacidad de carga?

Distancia social = ¿capacidad de carga?

Efrén E. García Villalvazo / https://oceanido.wordpress.com *

Acapulco, Guerrero, México, 4 de noviembre de 2020, México Ambiental.- La distancia social se ha presentado como la primera línea de defensa contra la pandemia que ahora nos aqueja y que rápidamente ha dejado una gran cicatriz en nuestra civilización que aún no sabemos hasta donde ha de llegar. 

Sin duda alguna la COVID-19 ha producido un efecto tan grande como una guerra mundial instantánea y por supuesto trae consigo consecuencias económicas inmensas en monto y tiempo.  El primer paso a tomar fue entonces poner tierra de por medio. Esto significa distanciarnos voluntariamente de nuestros semejantes y no solo en sentido figurado: se recomienda no ubicarnos a menos de 1.5 metros de nuestros vecinos más cercanos en el entendido de que el virus no ha de llegar más allá de este cinturón de contaminación que nos rodea de manera invisible. Es el equivalente a la órbita diminuta de un electrón dando vueltas al núcleo de un átomo, la cual se representa como una nube de probabilidad con presencia más segura hacia el centro, pero que también puede ser encontrada a mucha distancia del mismo, la cual puede ser, de acuerdo a algunos teóricos, literalmente al otro extremo del Universo. 

El paso del tiempo y algunas mediciones han demostrado que el metro y medio que nos hacía sentir seguros no es más que una farsa para tranquilizarnos, pues el virus, montado en una partícula diminuta de saliva, puede viajar muchos metros.  Tantos como 6 o 10, de acuerdo al investigador consultado, y además flotar en el aire por periodos prolongados. Eso implica que para que el método funcione debemos distanciarnos no menos de 6 metros, quizá más. 

El argumento del virus gordo que no viaja lejos porque su peso lo hace caer de inmediato al suelo resulta de una candidez conmovedora, pues el virus más obeso pesa miles de veces menos que una partícula de polvo y sabemos bien que tan lejos puede viajar una mota de polvo llevada por el viento o por un aparato de aire acondicionado.  Se derrumba el modelo en que nos habían hecho confiar y que ha sido marcado en el suelo de innumerables establecimientos en donde la gente hace fila para recibir algún servicio, junto con los limitados y desagradables “tapetes sanitarios” y las rociadas a la piel de compuestos químicos que quién sabe qué efecto puedan tener en períodos prolongados de aplicación.

A continuación, viene una solución a corto plazo y que sabíamos iba a golpear las columnas fundacionales de una sociedad como la nuestra, en la que sus componentes deben salir a trabajar todos los días para hacerse de un sustento: encerrar a la gente en sus casas. 

Esta estrategia elevada a sacrificio social casi como seguro ingreso a una nueva santidad no podía ser sostenida por mucho tiempo sobre la base de nuestros exiguos ahorros y nuevos préstamos para cubrir necesidades mínimas.  Un mes, dos meses, va.  Seis meses, definitivamente impensable.  Un año, definitivamente un absurdo.  Y sin embargo hacia allá vamos.  La gente en franco hartazgo rompe el muro de contención y se desborda por las calles, guardando lo que mejor puede su nariz con tapabocas de todo tipo y lentes de plástico comprados a propósito. 

Muchos toman el camino fácil de seguir negando, todavía ahora, que la enfermedad pueda afectarles.  Los asintomáticos y los jóvenes se han encargado de difundir la idea de que la enfermedad no es “tan mala” y salen en tumultos a recuperar el tiempo que han “perdido” convirtiéndose de esta forma en refunfuñones vectores para sus familias.  Al llegar a casa someten a padres, abuelitos y enfermos crónicos a una versión actualizada de la ruleta rusa en la que los virus activos traídos a casa por ellos son las balas que rellenan el cilindro del revólver, el cual en esta ocasión apunta hacia el frente.

No es nuevo este tipo de aislamientos a lo largo de la historia del hombre.  Hay relatos que nos consignan como es que con este mecanismo se enfrentaron grandes epidemias en las nacientes ciudades europeas y asiáticas que al final sobrevivieron y siguieron creciendo para seguir aumentando el riesgo en el siguiente episodio infeccioso.  Nadie pensó en reducir la densidad de la gente que vivía en ellas.  Quizá es momento de irlo considerando.

En el verano del 2011 viajé por el noroeste del país como parte de un proyecto para desarrollar la acuicultura, siendo su promovente el gobierno del estado de Guerrero.  En dos semanas visité 19 granjas en los estados de Sinaloa, Sonora y Baja California Sur y me tocó presenciar un evento epidémico muy virulento, solo que en camarones cultivados en estanquería.  Los juveniles recién sembrados morían por puños sin que el empresario pudiera hacer nada para detener el proceso de infección, que brincaba de un estanque a otro y de ahí a la siguiente granja con una velocidad espeluznante.  Pérdidas de millones de pesos por día eran los números que con lamentos nos hacían conocer los productores. 

Surgieron soluciones de todo tipo acicateadas por la necesidad. Las farmacéuticas hicieron fortunas vendiendo antibióticos para combatir el virus IHHNV con obvios magros resultados, por lo que se pasó a la desesperación que fue suficiente para que probaran se soluciones disparatadas, tal como tratar los estanques con toneladas de aspirina molida o camiones cargados con dientes de ajo. Sin embargo, algunos acuicultores más cercanos a las soluciones ecosistémicas llevaron a cabo una maniobra que en muchos casos redujo de manera importante la mortalidad: cosecharon parcialmente sus estanques.  Esto es, redujeron el número de camarones por estanque por lo que se redujo la densidad de animales por metro cuadrado.  Es el equivalente a reducir la cantidad de gente en las calles, o en los restaurantes o en los cines y espectáculos masivos para reducir el número de contactos y, por supuesto, de probabilidades de contagio.

Curiosamente cercano también se identifica el concepto ecológico de Capacidad de Carga, ahora aplicado a el caso de playas, en el cual se calcula un número máximo de ocupantes -densidad- de acuerdo a una serie de variable entre las que se incluyen la superficie disponible, los servicios de baño y regadera, transporte hacia el lugar, alimentos, marejadas, días de lluvia y demás.  El resultado es un número máximo de ocupantes en la playa al mismo tiempo, el cual no debe ser rebasado para no comprometer el nivel de sustentabilidad de la playa, visto como sitio turístico. 

En este contexto es impensable mantener número exagerados en un lugar como, por ejemplo, la isla de La Roqueta, en el que no menos de 2,500 personas lo visitan en un buen día de turismo masivo o de fin de semana, habiendo picos medidos de hasta 6,000 personas.  El cálculo que ha hecho la autoridad ambiental de ocupación por turistas de la playa principal es de solo 750 personas al mismo tiempo.  Es buen momento para establecer este número como el límite máximo de visita a la playa, apoyados por las diferentes autoridades ambientales.  Y por supuesto, no limitarnos a este ejemplo en una playa pequeña:  se debe ir por las playas grandes, en especial, las “certificadas”.

Aun sabiendo que las certificaciones como Blue Flag han perdido en el puerto su prestigio certificante debido a múltiples intereses económicos y a la falta de oficio a la hora de aplicar las regulaciones que implica -control efectivo de accesos y cumplimiento de condicionantes- sin duda alguna marcan un camino y un horizonte deseable, y ahora se ve cuál es uno de los elementos -ahora ausentes- que deben adicionarse para completar el modelo:  definir la capacidad de carga de cada una de las playas de Acapulco. Y a continuación, hacerlas cumplir.  Muy a propósito para una alcaldesa que se ha propuesto ordenar las playas y que ha tenido el valor de desalojar a “propietarios” de las playas que ahora las reclaman como parte de un supuesto patrimonio que solo explotan, que envilecen con mal gusto y que no cuidan.

El cálculo de la capacidad de carga de todas las playas del destino, señora presidente municipal, no se ha hecho en ningún destino turístico del país.  Y podría ser una excelente guía y marco referencial para robustecer, continuar y mejorar la propuesta de reordenamiento de las playas de nuestro Acapulco que tanto ha perdido por el reinado de la irregularidad que ahora se enseñorea como uno de los lastres más sentidos en la ciudad.

* Oceanólogo, egresado de la Facultad de Ciencias Marinas de la Universidad Autónoma de Baja California.  Ambientalista y asesor acuícola y pesquero. Promotor del área natural protegida Isla La Roqueta, del Corredor Marino de Conservación del Pacifico Sur Oriental, y de la playa ecológica Manzanillo. Autor de un blog en WordPress llamado Oceánido, una sección de Ecología en Radio y Televisión de Guerrero que se llama Mar de Fondo, y una sección en el periódico El Sur que se llama Mar de Fondo también. Su cuenta de Twitter @OceanEfren está disponible con temas de ecología, desarrollo sustentable, turismo y desarrollo social.

You may also like
Lluvias intensas en Campeche, Chiapas, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Tamaulipas, Veracruz y Yucatán
Recomendaciones para no infectarse por el virus SARS-CoV -2 variante ómicron