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Morelia, Michoacán, México, 7 de diciembre de 2009,
mexicoambiental.com.mx.- Es sabido que uno de los criterios básicos
para establecer la diferencia entre el hombre y las otras especies
animales radica en la comunicación. Ninguna otra especie posee formas
de comunicación tan complejas y variadas. Debido a esta complejidad, es
que el hombre ha sido designado como un “animal simbólico”, en lo que
constituye una prolongación de la definición dada por algunos filósofos
(entre ellos Descartes) que concibieron a los seres humanos como
animales lingüísticos.
Pero como ha quedado sobradamente demostrado, y como veremos
muy brevemente en la introducción a este trabajo, la comunicación
humana está lejos de quedar limitada a lo lingüístico. Ya Eco lo había
afirmado: “Es difícil concebir un universo en que seres humanos
comuniquen sin lenguaje verbal, limitándose a hacer gestos, mostrar
objetos, emitir sonidos informes, bailar: pero igualmente difícil es
concebir en que los seres humanos sólo emitan palabras” (1977: 263).
Así, la comunicación humana se muestra como una constitución
pluricodicial, donde la mayor parte del tiempo interactúan códigos de
naturaleza diferente en un mismo proceso.
No vale la pena insistir en el punto de que para que exista
comunicación debe haber significación, de manera que un acontecimiento
comunicativo se sustenta siempre en un hecho significativo.
Si partimos de este presupuesto, cualquier suceso que tiene
lugar en una cultura (sea de carácter conceptual o material) es
susceptible de convertirse en el contenido de una comunicación. La
semiótica ha dejado en claro que la frontera que se erigía para separar
los signos de las cosas ha quedado obsoleta, de tal modo que todo acto
de la vida social —por simple que pueda ser— entraña procesos
significativo-comunicativos.
Podemos tomar como ejemplo el caso de un sujeto que llega a un
salón de clases y se sienta en una butaca; este sujeto capta la función
de la butaca y es así como la utiliza. Lo importante a destacar aquí
—como lo hizo Barthes (1966)— es que la función se convierte en el
contenido primario del objeto, por lo que al utilizarlo, el sujeto ha
decodificado dicho contenido y ha cumplido el rol de destinatario de
una información.
Lo mismo sucede con un fenómeno natural, como un relámpago,
que mediante la actividad de la percepción por parte de un hombre
(dotado de una competencia social), pierde ante éste su carácter
natural para convertirse en un acontecimiento cultural (no hay que
olvidar que en algunas culturas se le atribuían a este fenómeno valores
mágico-religiosos).
Lo que queremos destacar con esto, es que eso que llamamos
cómodamente “mundo” o “realidad”, se presenta al hombre como un
universo de sentido (Chvatik, 1997: 36), y es precisamente al interior
de ese universo que tienen lugar las interacciones sociales.
Es así que la humanidad se ha separado de la naturaleza y ha
encontrado en lo simbólico su modo de existir.
Algo que deseamos dejar en claro inmediatamente es que no
tenemos una postura antropocentrista que tiende a colocar al hombre
como un animal superior. Ciertamente acusa, como especie,
comportamientos infinitamente más variados y más complicados con
respecto a otros animales, pero por otra parte es precisamente esta
característica la que ha puesto al planeta al borde de la destrucción.
Además, para reforzar lo anterior, no sabemos de casos en que una
especie animal diferente a la humana haya intentado exterminar a sus
semejantes: los tigres siberianos no se han organizado para hacer la
guerra a los tigres de bengala, o los osos polares a los osos pardos.
No hay nada más lejos de nuestra intención que el caer en un elogio del
hombre, que sin embargo, debe ser estudiado en toda su riqueza.
Ahora bien, en las últimas décadas del siglo XX y en estos
primeros años del siglo XXI, el campo representacional se ha ampliado
considerablemente, lo que ha repercutido en una mayor complejidad en
las formas humanas de comunicación. Al acontecer esto, no solamente se
ha multiplicado de manera por demás significativa el número de
mensajes, sino también —como es evidente— los medios de transmisión (el
internet constituye el mejor ejemplo en este sentido). En algunos
casos, medios de comunicación preexistentes han evolucionado
de suerte que han incrementado sus potencialidades comunicativas, como
es el caso del cine y de la televisión.
Tenemos entonces que, con la proliferación de los medios de
comunicación masiva (MCM) en la segunda mitad del siglo pasado, el
campo cultural ha estado sujeto a expansiones constantes, puesto que
los mensajes transmitidos por ellos han puesto a disposición de un gran
público una serie de nociones y de conocimientos a los cuales
difícilmente se tendría acceso de otro modo. Lo anterior ha traído
consecuencias inevitables en el marco de las interrelaciones sociales.
Pensadores como Jameson (1991), por ejemplo, establecen una relación
estrecha entre los MCM y la llamada sociedad de consumo.
Por su parte, Lyotard (1979) cree firmemente en que el uso de
la tecnología en el área de los medios de comunicación da lugar a un
conjunto de criterios en donde se sustenta un proceso que separa los
enunciados de “conocimiento” de otra clase de enunciados, con lo que el
medio se presenta como una base “legitimadora” del enunciado. En este
proceso no se pone en primer término el conocimiento en sí mismo, sino
su efectividad.
Es claro que todo mensaje se encuentra en relación con un tipo de
conocimiento, pero lo que afirma Lyotard es que se tiende a separar los
enunciados que portan un conocimiento pertinente a ciertas
circunstancias, frecuentemente de poder, de aquellos que no responden a
esta pertinencia.
En gran parte esta ha sido la función de ciertos MCM. Tal vez
el caso más representativo en este aspecto sea la televisión,
particularmente los noticieros, que en periodos de efervescencia
política privilegian mensajes convenientes a intereses específicos y a
partir de perspectivas también convenientes a esos intereses. Un gran
sector del público receptor da por sentado la veracidad de tales
mensajes y tiende a deslegitimar cualquier otra propuesta.
Como lo habíamos manifestado en un trabajo anterior: “Es
innegable que con el advenimiento de nuevas formas de comunicación se
generan tipos de contacto social y de relación con el mundo no vistos
anteriormente, y que la organización del saber tiende a reorganizarse
—al menos parcialmente— a partir de las condiciones de producción
comunicativa recientemente creadas. A través de estos medios, la
relación del ser humano con sus semejantes y con el mundo, es
prácticamente ilimitada” (González Vidal-Chávez Mendoza, 2004: 88-89).
Piénsese nuevamente en el internet, que permite la comunicación
soslayando la distancia geográfica, y que limita, por otro lado, el
contacto estrictamente humano.
Quisimos hacer esta introducción con el objetivo de situar al
hombre con respecto a la comunicación, dado que nos centraremos, como
el título de este trabajo lo indica, en uno de los medios masivos que
más aceptación han tenido en la historia reciente, como es el cine.
Para el desarrollo de nuestra argumentación, trataremos
primeramente algunos aspectos que podrían considerarse generales en
torno a los MCM y al cine, para enseguida trabajar sobre textos
concretos.
Los MCM como Aparatos Ideológicos de Estado (AIE)
Como es sabido, el análisis marxista hizo aportaciones importantes al
estudio de la comunicación (y en términos generales, al de la
producción cultural). Entre esas aportaciones está sin duda la de Louis
Althusser (1976). Él formuló tres nociones que resultan muy importantes
para nuestro estudio: Aparatos de Estado (AE), Aparatos Ideológicos de
Estado (AIE) e ideología materializada. Por falta de espacio, las
definiremos brevemente.
Los AE forman parte directamente de la organización del
Estado, que comprende diferentes instancias: la administración central,
los organismos encargados del orden (ejército, policía), el aparato
judicial, etc. Estas instancias, en su conjunto, son las encargadas de
mantener y hacer respetar el poder del Estado.
Frente a los AE, se encuentran los AIE, que no son parte de
manera directa del Estado. Se trata más bien de instancias
especializadas que, en apariencia, no tienen funciones coercitivas. Sin
embargo, por medio de ellas, el poder central interviene de diversos
modos en los distintos aspectos de la vida social. Ejemplos de estas
instituciones son la escuela, la iglesia, las organizaciones deportivas
y, por supuesto, los MCM. Como se organizan sobre un sistema de
dominación (como una especie de satélites del Estado y de sus
instancias), su acción se centra en reforzar las dinámicas de poder de
ese sistema. De tal suerte, tienen una ingerencia directa en la
producción cultural.
Para que esto quede claro, vamos a recurrir a un ejemplo
tomado del cine, se trata de la película Cinema Paradiso (Nuovo Cinema
Paradiso) de Giuseppe Tornatore (1988). Al inicio del filme, se aprecia
la manera en que el párroco del lugar (Giancaldo) ve primeramente y a
solas las películas que posteriormente se exhibirán al público, con la
finalidad de suprimir las escenas “no convenientes”, concretamente
aquellas que incluyen besos y que, por lo tanto, se consideran
ofensivas de la moral. Así, él indica al operador las escenas que
deberán ser suprimidas, con lo que se manifiesta su capacidad de
decisión sobre un producto cultural. Las películas exhibidas a la
comunidad, sin las escenas censuradas, son en realidad productos
diferentes, que no causan los mismos efectos en el receptor ya que se
generan otras interpretaciones. Esto es lo que ocurre con cualquier
mensaje sujeto a la censura: si alguno de sus elementos es excluido,
cambian sus relaciones internas. En el ejemplo en cuestión, el erotismo
es prácticamente evacuado de los textos.
Lo que hay que resaltar de aquí, es que los AIE participan en
la producción cultural.
Finalmente, abordaremos la noción de ideología. Para Althusser
(1976), la ideología tiene una existencia material, puesto que como él
afirma, una ideología tiene lugar a través de prácticas sociales, y esa
realización es material. Desde esta perspectiva, encontramos prácticas
ideológicas materializadas en diversas formas, como son: a)- el
discurso; b)- los roles sociales (madre, padre, sacerdote); c)- los
rituales de cualquier clase (eventos deportivos, religiosos,
políticos…), etc. Todos estos modos de actuación encarnan valores
sociales que son de este modo actualizados.
En una expresión tan sencilla como “tenía que ser vieja”, que
se da frecuentemente en circunstancias donde hay incidentes
automovilísticos en que uno de los involucrados es mujer y el otro
hombre, éste último recurre a oraciones como la anterior. Lo
interesante a destacar es que tiene lugar una discriminación hacia la
mujer, ya que desde este punto de vista las mujeres innatamente son
consideradas menos aptas que los varones para conducir. Otra
expresión ilustrativa es cuando se le dice a un niño ante una
situación disfórica para él: “no llore, ¿qué no es hombre?” Sabemos qué
tipo de valores están implicados.
En lo que concierne a los roles sociales, éstos representan
modelos de actuación que el sujeto asume en el momento de desarrollarse
en una comunidad: ¿cómo debe ser el padre o la madre? Si el sujeto
cumple con los establecido socialmente, no se genera conflicto, si no,
cuando menos es visto con ojo crítico (y puede exponerse, inclusive, a
sanciones sociales).
En lo relativo a los rituales, se trata de prácticas con
patrones preestablecidos que garantizan la transmisión de valores
específicos. La misa es un buen ejemplo, aunque están también
los de carácter nacionalista, como el cantar himnos nacionales antes de
un evento deportivo. En este último caso lo que se intenta es unir a un
grupo de personas bajo una misma identidad colectiva. En las copas del
mundo de fútbol tal práctica es muy llamativa, porque simultáneamente a
la proyección de esa identidad, se trabaja con la noción del otro, lo
que genera el opósito mismidad/otredad.
Para complementar la anterior definición de ideología,
recurriremos a la que maneja Luis Prieto (1975). Todo discurso se
relaciona con un conocimiento convencional del mundo; la ideología se
produce cuando el discurso intenta naturalizar la relación con ese
conocimiento, de manera que excluye otras concepciones posibles sobre
un fenómeno. No obstante que Prieto se centra en prácticas discursivas,
su concepción sigue siendo válida si la extendemos a formas expresivas
diferentes, como las mencionadas más arriba. Hay que retener, entonces,
que una práctica ideológica se caracteriza por ser excluyente.
Dicho lo anterior, y al considerar los MCM como AIE, podemos
suponer que uno de sus rasgos fundamentales es su operación como
“satélites” del Estado.
Tenemos sobrados motivos para pensar lo anterior. Tomaremos
como ejemplo el evento constituido por las elecciones presidenciales de
2006 y el tratamiento que se le dio en dos medios diferentes: algunos
noticieros televisivos y el cine. También por cuestiones de espacio
sólo haremos alusión al noticiero conducido por López Dóriga [Nombre],
al programa de discusión y debate Tercer grado, y a la película Fraude,
de Luis Mandoki.
La actuación de los MCM en la polémica
postelectoral. La superposición de roles.
La elección presidencial de 2006 pasará a la historia como aquella que
más polémicas ha desatado luego de los comicios electorales. Las
polémicas, como es evidente, fueron cubiertas por los medios de
comunicación, y se construyeron “imágenes” diferentes de ellas
dependiendo de las políticas institucionales y de la adscripción
política —por decirlo de alguna manera— de esos medios.
Luego de la emisión de los resultados, la Alianza por el Bien
de Todos denunció una serie de irregularidades durante el proceso
electoral, y en ciertos sectores de la población surgió la idea de
fraude. Los MCM reaccionaron inmediatamente ante el hecho.
La función principal de un comunicador consiste en informar,
en dar a conocer eventos, estados del mundo, hechos vinculados con
personajes específicos, etc. Dicha función implica una relación entre
dos sujetos (individuales o colectivos), en la cual uno de ellos está
en posesión de un saber que intentará transmitir al otro. Habrá, de
este modo, un vínculo entre un destinador y destinatario.
Dentro de este esquema, el público televisivo asumirá el rol
de destinatario con respecto a quien le hace llegar la noticia. El
circuito será estático y unidireccional, porque en ningún momento habrá
variación en los roles desempeñados.
Desde el instante en que uno de los sujetos es depositario de
un saber, se coloca en el plano comunicativo en un nivel de
superioridad sobre quien no lo posee. Esto le brinda, de entrada, una
competencia mayor para, llegado el caso, llevar a cabo una actuación.
Ahora bien, la relación destinador-destinatario en este
circuito está regulada por políticas institucionales, con lo que la
imparcialidad se ve afectada. Lo anterior es comprensible. Lo que no se
puede concebir es una parcialidad tan burda que ponga en duda la
credibilidad del comunicador y de la institución en que se desenvuelve.
En lo que respecta al noticiero de López Dóriga, la
parcialidad exacerbada empezó a manifestarse desde el momento en que se
fue dando una superposición de roles. El comunicador asumió el papel de
“juzgador”, lo que se puso en evidencia por el hecho de que sus notas
informativas estaban plagadas de juicios valorativos. Tales juicios
eran emitidos a favor del sector oficial y, consecuentemente, contra la
oposición. De este modo, el objetivo de simplemente informar fue
sustituido por el de transmitir una valoración de los acontecimientos.
Esto implica una nueva relación comunicativa porque han variado las
motivaciones.
Por otro lado, se pretendía legitimar la valoración haciendo
creer que había una relación natural entre los discursos empleados (y
en general, la materia expresiva) y los conocimientos convencionales
del mundo a los cuales hacían referencia. Aquí encontramos una postura
de naturaleza fuertemente ideológica de acuerdo con la concepción de
Luis Prieto.
Además del rol de “juzgador”, el comunicador asumió el papel
de censor, porque toda información que justificara las acciones de
protesta del bando opositor fue desechada
o, en el mejor de los casos, descalificada.
En este mismo sentido, no deja de llamar la atención una
intervención de Loret de Mola en el programa Tercer grado, en que erige
a dicho programa en una suerte de tribunal donde se legitimizan o
deslegitimizan los acontecimientos políticos. En el programa del 19 de
julio de 2006, manifestó: “López Obrador nos debe las pruebas del
fraude”. La utilización de la primera persona del plural nos parece muy
significativa. Intenta, a través de su uso, darle a su opinión una
dimensión consensual. Sin embargo, esa consensualidad resulta a final
de cuentas sumamente ambigua: ¿El “nos” se refiere a la sociedad en
general? Ese intento de inclusión es vano, pues por las circunstancias
sociales en que tuvo lugar el programa es imposible establecer
semejante identificación. ¿Se refiere en cambio a los comentaristas que
participaron en el programa? De manera consciente, inconsciente o
no-consciente, esta posibilidad es más factible, porque estaría de
acuerdo con el rol de tribunal que colectivamente tratan de jugar los
participantes en Tercer grado y, en tal caso, queda justificada esa
demanda de de Mola.
A pesar de todas la irregularidades documentadas antes y
durante el proceso electoral, del trabajo de los físico matemáticos de
diversas instituciones de educación superior e investigación que
revelaron las inconsistencias del conteo rápido (PREP) y del cómputo
distrital, del papel por demás cuestionable del IFE en todo el proceso
electoral, y de la intromisión Consejo Coordinador Empresarial (CCE) en
las campañas políticas, se le exigen pruebas a López Obrador. De sobra
está decir que Tercer grado no es la instancia en que esas pruebas
deben ser presentadas, pero salta a la vista la censura en la
información que manejan al no aludir a los hechos que acabamos de
enumerar, así como la percepción que tienen de sí mismos como grupo en
la dinámica del programa. Por otra parte, si esas pruebas hubieran sido
presentadas ante los comentaristas-juzgadores del programa en cuestión,
correrían la misma suerte de la descalificación.
En la historia de los medios de comunicación masiva en México
la superposición de roles nunca había resultado tan burda, hasta el
extremo de provocar la pérdida de credibilidad en ellos por parte de
amplios sectores sociales.
Si tomamos las funciones de Jakobson, veremos que la función
conminativa pasó a ser exageradamente preponderante sobre la
referencial. Lo que importaba en esta circunstancia era principalmente
influir en el destinatario para obtener una reacción favorable de su
parte respecto de lo que se “informaba”.
Con lo anterior podemos ver que la construcción de los mensajes se hizo
de modo evidente sobre la base de funciones estratégicas (Chilton y
Schäffner, 1997), lo cual no es de extrañar porque se trata de mensajes
políticos, es decir, de comportamientos comunicativos que se vinculan a
algunas instancias de poder (oficiales u opuestas). “El control
político supone el control cuantitativo o cualitativo de la
información, el cual es, por definición, una forma de control
discursivo. Se utiliza la estrategia del secreto para impedir que la
gente reciba información; el caso inverso es la censura, que impide que
las personas brinden información. Existe otra forma de encubrimiento en
la que se puede dar información, pero en forma cuantitativamente
inadecuada para las necesidades o intereses de los oyentes […] En
cuanto al encubrimiento cualitativo, en su manifestación más extrema no
es otra cosa que mentira lisa y llana […]”(Chilton y Schäffner, 1997:
305). Si observamos con cierto detenimiento, las estrategias anteriores
se presentaron en la difusión de la información por parte de los
noticieros televisivos de corte oficialista.
3. La película Fraude 2006, de Luis Mandoki, como una
alternativa comunicativa.
Fraude 2006, de Luis Mandoki, es un documental cuya temática se centra
(como el título lo indica), en las circunstancias que marcaron el
proceso electoral para la presidencia de la República verificado en
México en 2006. Intenta ser una mirada objetiva sobre dicho
acontecimiento y poner de relieve las irregularidades en torno al
proceso.
Su difusión enfrentó los obstáculos del sector oficialista y
de aquellos que asumieron tal postura. Como ejemplo baste mencionar las
anomalías que se suscitaron en diferentes salas durante su exhibición:
interrupciones en la proyección, alarmas contra incendio que suenan sin
motivo, pérdida repentina del sonido, etc. Con todo, pudo ser vista por
una cantidad considerable de personas.
No puede negarse su importancia, dado que por primera vez a un
público amplio le fue posible acceder a un conjunto de informaciones y
de impresiones que se encontraban dispersas, y que Mandoki tuvo el
acierto de reunir de una manera coherente.
El relato histórico
El relato histórico, como otro tipo de relatos, se manifiesta como una
puesta en relación semiótica de cierta clase de eventos. Tal postura
implica, de entrada, concebir la historia como una forma de
representación, que tiene, como es evidente, rasgos individuativos.
Uno de los rasgos más importantes del relato histórico es la
inscripción de coordenadas espacio temporales entendidas como
verídicas, lo que le proporciona un enraizamiento circunstancial —por
decirlo de alguna manera— que genera un sentido de “realidad”. La
historia constituye, desde el punto de vista de la construcción
codicial, una garantía de objetividad.
El texto de Mandoki es una forma de relato histórico, que
viene a segmentar una serie de acontecimientos exteriores a la diégesis
de acuerdo a estrategias narrativas y enunciativas, de tal modo que
quedan semiotizados simultáneamente la narratividad y el marco
circunstancial base del relato. En razón de los rasgos del relato
histórico que venimos de expresar, es que la película de que nos
ocupamos ha suscitado inquietud en los sectores oficialistas.
Es evidente, por otro lado, que con el desarrollo
tecnológico esta clase de relato ha encontrado nuevos canales de
materialización. Uno de ellos es el cine, que asume la historia bajo
sus propias normas de modelización.
La intertextualidad en la construcción del
enunciado.
Contrariamente a las posturas sustentadas por algunos investigadores,
que sostienen que el intertexto es materia expresiva que se limita a
ser convocada y adaptada por el texto de recepción (es decir, que tiene
un carácter pasivo), concedemos al intertexto un papel activo en la
producción de sentido de la entidad en la cual viene a incorporarse.
En el filme de Mandoki, de inicio, se recurre a un documental
precedente, en el cual se narran los acontecimientos del golpe de
Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile, que culminó con el
derrocamiento del Presidente Constitucional Salvador Allende. En ese
documental se observan también algunas imágenes de Allende hablando
ante un gran auditorio. La inclusión de tales imágenes establece de
manera inmediata un paralelismo entre el Presidente chileno y Andrés
Manuel López Obrador (en torno al cual se establece el hilo conductor
de la narración), lo que le confiere a este último el estatuto de
luchador social, que va más allá de la representación del político
institucional. Se produce, pues, un proceso de semantización a través
del intertexto.
Además, debido la concepción que la izquierda ha forjado sobre
Salvador Allende, López Obrador, por asociación, adquiere una dimensión
heroica: hay una ingeniería semiótica en que la presencia de un
personaje contribuye a la caracterización del otro. No hay que olvidar
que los personajes son, entre otras cosas, configuraciones semémicas, y
muchas veces, cuando configuraciones como éstas entran en contacto —en
ciertos contextos y situaciones—, los rasgos semánticos de una entidad
son trasladados a la otra: para que tal cosa pueda verificarse, debe de
existir forzosamente una relación de identidad (o de aparente
identidad) entre cuando menos un fragmento de las entidades
involucradas, como por ejemplo, el ser vistos como políticos opuestos a
la derecha conservadora y el tener intereses que apuntan al beneficio
social.
Cabe mencionar que el fragmento del documental se inserta por
una alusión de López Obrador (que está siendo entrevistado) al caso
chileno, en el cual hace referencia a los procedimientos de la derecha
cuando peligran sus privilegios: simplemente rompe con la legalidad. Si
bien el código lingüístico permite establecer el vínculo de
circunstancias Chile 1973 – México 2006, es el código icónico el que
genera la investidura heroica de López Obrador.
Este mecanismo es similar —aunque con efectos opuestos— al que
se empleó en ciertos spots contra Obrador en los que se le asociaba con
Hugo Chávez: las connotaciones negativas asignadas a Chávez por la
derecha internacional, fueron tomadas para la caracterización del
tabasqueño. Este hecho es interesante, porque observamos cómo a través
de las modelizaciones de los intertextos puede determinarse una postura
enunciativa: la producción de semiosis no es neutral en ningún caso:
siempre que se produce un enunciado, se hace a partir de una posición
en el universo semiótico.
Ahora bien, la identificación Allende-López Obrador,
como puede deducirse de los anteriores argumentos, también concierne a
otros niveles, como el actancial y el actorial: ambos son presentados
como víctimas de la derecha intolerante, y obligados a quedar disyuntos
de su objeto (el bien social) por medio de recursos ilegales.
Desde la postura enunciativa del filme, López Obrador no es
solamente un político que formaba parte de los sectores del poder, sino
un luchador social.
Es evidente que el mensaje en este caso también se encuentra
ideologizado, ya que pese a la distancia que hay entre Allende y López
Obrador, la identificación entre ambos personajes se da a ver como
incuestionable. De hecho, esa distancia se ve escatimada en el texto de
Mandoki al destacarse ciertos rasgos en detrimento de otros; uno de los
más importantes es la adscripción ideológica misma: López Obrador es
designado y se autodesigna como un político de izquierda; en cambio
Allende era de tendencia socialista. El tabasqueño habría encontrado
difícil manifestar una adscripción similar a riesgo de ver afectada su
popularidad.
Hace algunas décadas no había existido mayor dificultad para
establecer una equivalencia entre ambos términos
(izquierda-socialismo), porque había entre ellos una relación de
implicación. Sin embargo, en la actualidad tal equivalencia está en
desuso, con lo que el término “de izquierda” ha pasado a ser ambiguo.
Al parecer, en este momento ser de izquierda implica una postura que
simplemente se aleja de la extrema derecha, pero que mantiene una
posición “centro”.
La recurrencia a Allende se manifiesta, entonces, como una
estrategia de legitimación de la imagen de López Obrador, puesto que
con el Presidente chileno se alude —una vez operadas las distancias
mencionadas— a principios ideológicos considerados como generales en
ciertos sectores sociales, lo que proyecta finalmente la idea del líder
carismático y popular.
El cartel como propuesta de lectura
La estrategia de legitimación afecta consecuentemente la imagen de
Obrador y su postura postelectoral. En este sentido, el cartel
promocional del filme, que constituye la portada de la edición en DVD,
viene a reforzar tal estrategia, sólo que bajo la forma de información
preliminar. Aquí también se antepone la función conminativa a la
referencial, pues lo que se pretende es causar una reacción por parte
del espectador.
En sentido estricto, desde el punto de vista que nos interesa,
el cartel mantiene un vínculo paratextual con la película. De acuerdo
con Genette, hay cierto tipo de producción semiósica exterior al texto,
pero que mantiene una relación estrecha con respecto a él: “Más que de
un límite o de una frontera cerrada, se trata aquí de un umbral o
—según Borges a propósito de un prefacio—, de un ‘vestíbulo’, que
ofrece a quien sea la posibilidad de entrar o retroceder” (2001: 7).
El paratexto es, en buena medida, lo que podríamos llamar un
condensador semiótico, pues incluye de manera sintética información
previa sobre la problemática (o, cuando menos, una de las
problemáticas) del texto y, consecuentemente, nos proporciona claves de
lectura.
En el caso que nos ocupa, en el cartel promocional se observa
una imagen, en que aparece la parte superior del Ángel de la
Independencia bajo el enfoque de una mira telescópica que apunta a la
parte del pecho de la estatua donde se encuentra el corazón de un
humano. El sistema se construye en virtud de una serie de procesos
metonímicos, como veremos a continuación:
a) La mira telescópica representa en realidad un arma de largo
alcance, lo que indica un atentado en potencia.
b) Debido al carácter de signo emblemático que tiene dicho
monumento, el atentado se dirige contra la libertad y, en un contexto
más político, contra la democracia. Así, queda implicada una dimensión
colectiva, en tanto que el monumento es una representación de valores
sociales. Además, para reforzar dicha dimensión, atrás del monumento se
percibe el Zócalo, lleno de gente. Hay, pues, un funcionamiento por
afinidad entre el monumento y el pueblo mexicano.
Por medio del paratexto se pone de relieve, entonces, que la
elección presidencial de 2006 fue un atentado contra el pueblo mexicano.
c) Detrás de la mira, fuera del foco de visión, se encuentran
los ejecutores del atentado y los intereses que los motivan. Se hallan,
pues, protegidos por el anonimato. Si consideramos esto último con
cierta calma, veremos que se encuentran delineadas las motivaciones
actanciales que opondrán a dos clases de actores: los partidarios de la
democracia y sus enemigos.
Por otro lado, debido al principio de contrastividad, lo
oculto tiene su opuesto, que es la develación. Sin embargo, esta noción
sólo aparece potencializada en el paratexto. Es de este modo que
corresponderá al texto actualizar tal noción. La película se propone,
pues, como un documento de denuncia, y a diferencia de otros filmes que
comprenden la misma propuesta inicial (como Rojo amanecer, de Jorge
Fons, o La historia oficial, de Luis Puenzo), el de Mandoki la cumple
con creces.
El título incide también en esta lectura, con lo que se
produce una articulación nocional a manera de esbozo, que deberá ser
complementada por el texto englobante. A la vez, en refuerzo de esto
último, está la oración “ATRÉVETE A VER LA VERDAD”. Es justificada la
designación de umbral que Genette da al paratexto.
Conclusión
Como conclusión podemos decir que, aunque los AIE se articulan
alrededor de un sistema de dominación, no todo el tiempo funcionan como
reforzadores de las posiciones del Estado o de los intereses
dominantes. Como se vio en el caso que tratamos, hay periodos en que
uno o varios AIE (o parte de ellos) pueden entrar en conflicto con el
Estado, generando, consecuentemente, relaciones de conflicto con
respecto a otras instancias de esta naturaleza.
De acuerdo con una dinámica propia, los conflictos de la
formación social se reproducen a nivel de los AIE.
Ahora bien, por el hecho de constituirse en un AIE, los MCM
tienden a ser concebidos como elementos sumamente nocivos para la
sociedad, responsables en gran medida, por su potencial comunicativo,
de la alienación que aqueja a las sociedades de consumo. Sin embargo,
hemos visto que dicho potencial puede ser aprovechado de manera
diferente, oponiéndose a las instancias oficiales de poder.
Algo que debe tenerse muy en cuenta es que hemos trabajado con
procesos comunicativos. La importancia de estudiar la comunicación de
masas radica en que, partiendo de enfoques pertinentes, puede
revelarnos estados del mundo y dimensiones ideológicas precisas de
circunstancias socio-históricas concretas. El análisis de los
comportamientos comunicativos es un buen medio, consecuentemente, para
determinar y describir la forma en que interactúan y se relacionan
diversos actores sociales.
En situaciones conflictivas tales estudios se revelan
particularmente útiles, puesto que ponen de relieve las dinámicas del
conflicto: factores ideológicos, económicos, políticos…
Aquí es importante recordar a Michel Foucault, quien insistió
en la relación entre el discurso y el poder y en el hecho de que el
discurso mismo representa formas de poder (1973). En los casos tratados
por nosotros, se manifiestan claramente las formas de poder
de las que hablaba Foucault. Es evidente que en este trabajo no
hablamos solamente de discurso, pero la posición de Foucault
sigue siendo válida al considerar otras formas de semiosis.
Así, la comunicación humana comprende modos de poder, particularmente
en ciertas circunstancias.
La película de Mandoki nos da cierta esperanza, pues
constituye una prueba de que la producción comunicativa, pese a
desarrollarse al interior de un AIE —como lo son los MCM—, puede
hacerse desde posiciones enunciativas distintas al oficialismo.
Con esta exposición hemos querido contribuir, en la medida de
nuestras posibilidades, a destacar la trascendencia de estudiar al ser
humano a partir de una de sus características fundamentales.
Cuando empleamos el término “simbólico” aludimos a la significación en
general.
2 De esto podemos percatarnos si consultamos varios números del diario La
Jornada de este periodo, y por la cantidad de información
documental de la película Fraude, de Luis
Mandoki, que trataremos a continuación.
* Docente en la División de Estudios de Posgrado de Derecho y
director de la Escuela de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UMSNH