
Las huellas se encuentran en una pared de arenisca, en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán. Foto: Raúl Gío-Argáez, Catalina Gómez Espinosa y Dafne Uscanga
Ciudad de México, DF, México, 19 de octubre de 2011, México Ambiental.- En lo que constituye uno de los descubrimientos más importantes de la paleontología mexicana, investigadores de la UNAM identificaron en un muro de arenisca que se levanta en un paraje semidesértico de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán en Puebla, 169 huellas de diferentes animales grabadas en piedra, entre las que se destacan claramente las pisadas de pterosaurios que se habrían detenido aquí para aparearse, un enclave que fue una playa del Cretácico Inferior hace 110 millones de años.
Los científicos reconocieron entre las huellas descubiertas, las marcas de cocodrilos en plena caza y de tortugas que deambulaban por el lugar. Pero lo que más llamó su atención fueron las improntas de pterosaurios ya que jamás se habían encontrado huellas fosilizadas de estos reptiles alados en nuestro país. Por eso se argumentaba que en México nunca habían existido reptiles alados.
Raúl Gío-Argáez, secretario académico del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología, de la UNAM, la profesora Catalina Gómez Espinosa, la tesista Dafne Uscanga y un grupo de estudiantes de Biología, trabajan ahora mismo en la zona para descubrir las huellas, algunas de las cuales están rellenas de material, y develar así un suceso muy interesante de algún momento del Cretácico Inferior. El grupo científico, ya prepara la siguiente expedición a la zona para desenterrar nuevas pistas y más fósiles.
México en el Cretácico Inferior hace 110 millones de años
Hace 110 millones de años, el territorio que hoy conocemos como México era muy diferente pues gran parte de la superficie estaba sumergida en aguas tropicales. Las cálidas olas golpeaban zonas actualmente enclavadas a cientos de kilómetros del mar, y muchas regiones hoy desérticas eran playas donde pululaba la vida.
El paraje desértico era una playa visitada por pterosaurios que aquí se apareaban y alimentaban junto con grandes dinosaurios carnívoros y herbívoros, además de tortugas y cocodrilos. 110 millones de años después, esta zona es conocida como Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, y es hoy una región rica en cactáceas, fósiles y animales como el tejón o el venado de cola blanca. Una región que infortunadamente, también está sumida en la miseria, la pobreza y el abandono.
Aquí, las condiciones del clima sólo permiten la agricultura nómada de temporal, lo que ha provocado que algunos habitantes se hayan especializado en ofrecer recorridos ecoturísticos y en llevar a los forasteros tras los pasos de los dinosaurios, una práctica que los ha vuelto expertos en detectar huellas que un ojo no entrenado pasaría por alto, y que constituye un ingreso alternativo para subsanar su precaria situación económica.
Un guía de campo de la zona, el primero en descubrir la playa y huellas fosilizadas
Y fue justamente uno de ellos, uno de los habitantes de una de las comunidades de la zona —que es guía para paseos en los cerros semidesérticos— quien localizó un muro cubierto de vegetación, que estaba lleno de marcas y huecos que parecían hechas por centenas de seres vivos. Después del hallazgo avisó las autoridades pero, pero como casi siempre sucede en México, no le hicieron caso, hasta que en octubre de 2010, llegó un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias, comandado por Gío-Argáez, para hacer prácticas de campo en el lugar. Y platicaron.
“Conozco el lugar desde 1963, así que al oír el relato, intuí que había algo digno de verse. Por ello tomamos camino, nos dirigimos al lugar, y tras limpiar el afloramiento, me di cuenta de la magnitud del hallazgo. A medida que retirábamos la vegetación, aparecían más y más impresiones de patas, hasta superar la centena”, recordó Raúl Gío.
Explicó que como las marcas estaban incrustadas en una pared vertical, fue necesario sacar un molde con plastilina y obtener así una horma de caucho, que es la única manera de ver cómo eran originalmente las huellas. Este es un trabajo indispensable, porque en el muro es muy complicado apreciar la profundidad y dimensiones de las pisadas. Con un molde se pueden calcular ángulos, distancias entre una marca y otra, y obtener entonces una interpretación paleontológica de los organismos y hacer hipótesis sobre lo que hacían las criaturas en ese lugar.
La pendiente de la superficie, que en algunas zonas es de casi de 90 grados, dificultó la labor. La expedición tuvo momentos muy complicados debido a la adversidad del clima, la temperatura por encima de los 40 centígrados, la complicación de caminar entre vegetación espinosa típica de la zona, la presencia de animales ponzoñosos y hasta la descompostura de uno de los vehículos de trabajo.
“El entusiasmo de los estudiantes, la colaboración de los lugareños e incluso la osadía de Catalina Gómez —que hizo rapel y trabajó suspendida en el aire apenas por una cuerda— es lo que nos ha permitido reconstruir ese escenario”, explicó el líder de la expedición.
Catalina Gómez: de las aulas al emocionante trabajo en campo
La propia Catalina Gómez comentó: “Imaginar no es un asunto insustancial. Nosotros lo hacemos con frecuencia, pero a partir de evidencias”. Y efectivamente confirmó haber pasado muchas horas frente a las huellas, en ocasiones a rapel y en posiciones incómodas, para escudriñarlas y así entender qué intentan decirle, qué le sugiere su distribución.
“Hay mucho que podemos suponer con sólo posar los ojos en esa superficie. Por ejemplo, las pisadas están agrupadas en algunas partes, en otras lucen dispersas. Además, varían en tamaño, lo que nos habla de animales de distintas dimensiones y, algo sumamente extraño, es que éstas nunca se traslapan. Esos son bastantes elementos para imaginar, para intentar reconstruir qué pasó ahí”, señaló la experta
“Aunque no lo parezca, esta pared de arenisca, en medio del desierto, nos platica que alguna vez hubo aquí un océano”, refirió al mencionar que pese a lo desconcertante que parezca encontrar huellas en una superficie vertical —como si los animales hubieran caminado sobre una pared— en realidad esto se debe a que, con el tiempo, el movimiento de las placas levantó ese bloque de piedra hasta ponerlo de pie.
Y evocó: “Si sabemos mirar, la Tierra nos cuenta su historia, como en este lugar, del que sabemos fue una costa bañada por el oleaje, aunque ahora esté sembrado de cactáceas. Ese pasado acuático queda revelado a partir de nuestros análisis, pues encontramos capas de ostras, grietas de desecación y un fenómeno llamado laminación cruzada, que se observa en lugares que estuvieron en contacto con el mar”
No obstante, para la especialista en biología evolutiva, lo más revelador son las huellas encontradas, porque a partir de ellas es posible rehacer algo de lo que nadie podría tener memoria, excepto la roca.
Y es que se trata de un registro icnofósil muy preciso. “En este muro vemos pisadas de tortuga, con todo y sus pequeñas garras, muy bien definidas, pero también observamos cocodrilos en plena caza, ¿y cómo lo sabemos? porque estos reptiles, al desplazarse, dejan justo en el centro de su andar un pequeño surco, producido por su cola al rozar el suelo. Aquí no vemos esa línea delatora, por lo que sabemos que estas trazas las dejaron al correr, algo que hacen al lanzarse sobre una presa”, explicó detalladamente la profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM.
Con todo, para Gómez, lo más destacado son las impresiones de las extremidades de los pterosaurios, que miden entre 17 y 20 centímetros, dejadas por seres de talla media. Ahora se sabe de la existencia en el mundo de estos reptiles con alas que podían ser tan pequeños como gorrión y otras que alcanzaban los dos metros de envergadura, como el albatros.
Expuso que en el caso de las huellas encontradas en el Valle de Tehuacán en Puebla, las marcas tenían una disposición tan particular, que además de ser un testimonio de su tamaño, revelan todo un ritual de apareamiento.
“En la roca vemos las pisadas de un espécimen macho rodeado de hembras, lo que nos muestra, en apenas unas cuantas trazas, que estos animales tendían a conformar harenes”.
Un México sin pterosaurios… hasta ahora
En los años 60, Raúl Gío estudiaba Biología y los catedráticos eran muy enfáticos al asegurar que “… en México nunca hubo dinosaurios”. El argumento era simplista: En el país no se habían hallado fósiles, ni tampoco huellas.
“Esto era algo que dábamos por sentado, y nos parecía que estos reptiles gigantes eran asunto exclusivo de Europa y demás regiones lejanas; sin embargo, en algún momento se encontró en Michoacán la pisada de un gran herbívoro que había resbalado en el lodo, y todo cambió”, recordó un tanto emocionado.
Gío-Argáez aún se sorprende sobre la forma en que durante los últimos 50 años se ha transformado la paleontología (y la biología) en el país, pues no dejan de aparecer marcas, huesos y fósiles que traslucen una realidad muy distinta y mucho más amplia de la que tradicionalmente se enseñaba en las aulas.
Ahora mismo, declaró, “… tenemos cada vez más elementos que nos hacen replantear preceptos que tomábamos por básicos”. Y recuerda la emoción que le provocó, como joven, saber que alguien, en algún paraje michoacano, había encontrado evidencias sobre un dinosaurio que dio un paso en falso y patinó en el fango, “… porque eso, súbitamente, nos abrió todo un campo de estudio aquí, en nuestro territorio”.
Y concluyó: “… hasta hace poco había quienes decían que en México no hubo pterosaurios, y lo que acabamos de descubrir en Puebla contradice esa postura. Este hallazgo desmiente muchas cosas y, lo más alentador, es que nos sugiere muchas más. Esperemos a ver qué pasa, a lo mejor estas huellas de reptiles voladores sean tan importantes como las que aquel dinosaurio de Michoacán dejó algún día en el lodo. Sólo el tiempo lo dirá”.

Foto: Raúl Gío-Argáez, Catalina Gómez Espinosa y Dafne Uscanga