La pesca en el sur de Sinaloa, una historia de larga duración

by Rafael Malpica | 14/10/2020 12:49 pm

Alfonso Grave Tirado

Mazatlán, Sinaloa, México, 14 de octubre de 2020, Son Playas.- Si bien ha sido la agricultura la principal actividad de subsistencia entre los distintos grupos humanos que se han establecido en el sur de Sinaloa desde la época prehispánica hasta la actualidad, la pesca ha jugado también un papel determinante no solo en la economía, sino sobre todo en la conformación de una identidad común, y es todavía la cercanía al mar y sus recursos, lo que nos distingue: Mazatlán es “La perla del Pacífico”, y Escuinapa pregona a los cuatro vientos que es “La perla camaronera”; aunque, paradójicamente, las perlas no son precisamente un bien abundante en nuestro litoral.

Arqueológicamente, las evidencias más claras del aprovechamiento de los recursos marítimos y marismeños son los concheros, esto es, la acumulación de conchas de molusco como resultado de desecho de comida. Estos se han localizado a lo largo del litoral sudsinaloense, desde la Boca de Teacapán hasta el estero del Pozole.

Letrero de entrada a Escuinapa. Foto: cortesía.

Y aunque no se ha completado el reconocimiento de toda la zona de marismas, se han detectado más de 100 concheros. Pero también se han recuperado conchas, huesos de pescado y tenazas de jaiba en asentamientos “tierra adentro”, es decir, comunidades alejadas algunos kilómetros de los esteros y el mar.

Mapa con los sitios registrados en las marismas de Escuinapa. Foto: cortesía.

Especies aprovechadas

Hemos podido determinar que en las marismas de Escuinapa y de Chametla la explotación intensiva de los recursos del estero comenzó alrededor del 250 d.C.; mientras que en los esteros de Mazatlán y Piaxtla inició un poco más tarde, hacia el 750 d.C.

Las especies más aprovechadas fueron el ostión (Ostrea corteziensis); la pata de mula (Anadara grandis y Anadara tuberculosa) y algunas almejas (Tivela byronensis., y Chione californieniensis), pero no fueron las únicas, por supuesto, sino que se explotó una amplia variedad de otros moluscos, así como más de 60 especies de peces, entre las que podemos mencionar la sierra (Scomberomorus sierra), el chihuil o bagre (Bagre panamensis, Arius seemani), la lisa (Mugil curema, Mugil cephalus), el pargo (Lugnatus sp.), el róbalo (Centropomus sp.), la curvina (Cynoscion sp.) y varias mojarras; y los crustáceos ya mencionados: la jaiba (Callinectes sapidus) y el camarón blanco (Litopenaeus vannamei).

Conchero en las marismas de Teacapán. Foto: cortesía.

Evidencias de su importancia

La importancia de la pesca y la recolección de moluscos se pone de manifiesto en forma aún más contundente en la erección de varios centros ceremoniales en el corazón de las Marismas Nacionales: El Calón, El Macho e Isla del Macho. Los tres fueron construidos con conchas de molusco, para lo que fueron necesarios más de trescientos millones de ejemplares. El primero tiene más de 20 metros de altura y el último presenta una cancha para el juego de pelota, lo que no deja lugar a dudas sobre su función: eran la sede de ceremonias propiciatorias de una buena pesca tanto al principio [el equinoccio de otoño] como al final de la temporada [el equinoccio de primavera].

Conchero en las cercanías de Mazatlán. Foto: cortesía.

En un documento del siglo XVII acerca de las costumbres e idolatrías de los indígenas marismeños se indica que los pescadores veneraban, entre otros, al Nycanori, al que dedicaban una ceremonia precisamente en el equinoccio de otoño: “Es costumbre en el pueblo de Olyta –dice el padre franciscano Antonio Arias y Saavedra- en el principio de las aguas, juntarse todos los naturales y ancianos del y elegir por capitán o atzaquani al más digno…” (para que cierre las aguas de la pesquería del camarón).

El texto narra que el capitán hace ayuno de cinco días y guarda castidad todo el tiempo de la cosecha. Después del ayuno, ofrece una bola de pepitas de algodón envuelta en pabilo y pendientes de ella unas plumas de garza coloradas.

“Y al acostarse de noche dice estas palabras: neamoc, tamex yequi, que quieren decir “señor, hijo de dios llovedor y criador de las aves y peces, dános camarón”, repitiendo muchas veces estas palabras, con que dicen se le aparece en sueños y le responde: amyn moctanex noxuu, que quiere decir “amigo te daré camarón”.

Por la mañana, el capitán avisa al pueblo lo sucedido “y tratan luego de su pesca ofreciendo en las aguas vino que llaman Alasán y otras cosas y el primero que entra a la pesca es el dicho Atzaquani el cual luego que saca el primer camarón le disponen un vaso, una bebida que ellos llaman Paxnal; el cual coge los camarones que caben en la mano y echa en el Paxnal y bebe y lo que sobra dá a los perros” (Arias y Saavedra 1990: 305-306).

Estampa de Arias y Saavedra con los dioses. Se destaca en un recuadro Nycanori.
Imagen: cortesía.

Explotación intensiva

La explotación intensiva del camarón se evidencia en el desarrollo de un sistema altamente eficiente: los “tapos y chiqueros”, cuyo origen se remonta a la época prehispánica. Consisten en una estructura de horcones que atraviesa completamente alguno de los angostos canales de estero, la cual sirve de soporte a una especie de cortina plegable hecha tradicionalmente con varas de otate, pero que desde por lo menos los años 70 del siglo XX empezaron a sustituirse con peciolos de palma y en los últimos años incluso por tubos de PVC.

Tapo del sitio de pesca El Mezcal. Foto: cortesía.

En la actualidad este sistema solo se utiliza [cada vez menos, por desgracia] en el sur de Sinaloa y norte de Nayarit, pero a la llegada de los españoles se practicaba también en el centro de Sinaloa.

En la Segunda relación anónima de la jornada que hizo Nuño de Guzmán a la Nueva Galicia, el cronista señala: “Esta villa de Coliacan se dice San Miguel: está poblada en un valle que se dice Horabá dos leguas de la mar; sube la creciente hasta la misma villa, por un río que por ella pasa: atájase allí el río con un zarzo de cañas, y hacen un ingenio para tomar pescado, que aunque fuese allí otra Sevilla, bastaría á abastecerse de lo que allí se toma de lizas y otros géneros de pescados muy buenos” (Razo op. cit.: 282).

La descripción más detallada, sin embargo, es la del obispo Alonso de la Mota y Escobar, quien visitó Sinaloa a fines del siglo XVI. Respecto al sur del estado, detalla que los habitantes de estas tierras esperaban las crecientes que se presentaban durante las lunas de noviembre, diciembre y enero de cada año, cuando el agua del mar entraba a los ríos y con ella una gran variedad de peces que llegaban a desovar, comúnmente por la noche.

Relata que los pescadores acercaban el oído a la superficie del agua para sentir el ruido de los peces al pasar en el fondo del río.

“Están los indios con gran silencio sosegados, y cuando reconocen que se quiere retirar la creciente del mar echan de presto unos cañizos que tienen muy a punto con que atajan todo el río de rivera a rivera, y llega y toca por lo bajo hasta el suelo y lo amarran fuertemente de una y otra banda en tierra”, señala en su descripción.

Pescador junto a tapo. Foto: cortesía

Explica que los cañizos están hechos de cañas gruesas que solo dejan pasar el agua, de manera que al bajar la creciente del río queda una “gran muchedumbre de diversos peces que habían subido, y cuando llegan a esta compuerta y barrera las aguas pasan adelante quedándose toda la presa encarcelada que con el desagüe del río queda toda ella casi en seco. Y es esta una de las más hermosas vistas que hay y que en cosas naturales pueden suceder…” (Mota y Escobar 1966: 43-44).

Es básicamente la misma forma en que se siguen usando los tapos. Otra técnica ampliamente utilizada fue el envenenamiento. Lázaro de Arregui señala que en las pesquerías de Chametla en 1621, se utilizaba la raíz de unas plantas de mediano tamaño y hojas blanquecinas, las cuales se colocaban en mazos en la boca de los ríos o esteros, provocando, después de una hora, la muerte de los peces.

“Dentro de una hora emborracha el pescado todo (…) y queda la playa llena de pescado muerto; y dañase presto lo que con esto se mata si luego no se beneficia y sala” (Arregui 1946: 52-53).

Esta técnica, al parecer era más utilizada en los ríos, donde también se usaban anzuelos, arpones, redes y trampas de cañizos o nasas.

Así, la pesca ha tenido una importancia primordial en la economía y la forma de ver el mundo de los habitantes del sur de Sinaloa desde la época prehispánica y es claro todavía en la actualidad.

* Luis Alfonso Grave Tirado es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigador del INAH Sinaloa en el Museo Arqueológico de Mazatlán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Desde 1998 realiza trabajos de investigación arqueológica en el sur de Sinaloa donde ha dirigido más de 15 proyectos de investigación. En la actualidad coordina el Proyecto Arqueológico Sur de Sinaloa.

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