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Ingeniería a favor de la naturaleza

Ingeniería a favor de la naturaleza

Belén Kayser

Madrid, España, 29 de abril de 2019, El País. – Una obra civil no se instala sin dolor en el terreno donde se levanta. Las actuaciones y sus materiales provocan, en distinto grado, contaminación del suelo, del aire, del agua e impactan en la flora y la fauna. La historia de la ingeniería civil está llena de ejemplos que han afectado en distinto grado el ecosistema y bienestar de los seres vivos que lo habitaban. Algunos, sancionados, como el salto hidroeléctrico de la cascada de Ézaro (en el río Xallas, en A Coruña). Otros, ahogados en la memoria. Como los cientos de pueblos que duermen bajo los pantanos construidos durante la dictadura para garantizar el agua potable que provocó el desplazamiento de población y animales y la extinción de cultivos.

La normativa, sin embargo, ha evolucionado para contemplar más aspectos e incluir varias profesiones en el proyecto, y hoy los estudios de impacto ambiental son obligatorios. “El buen ingeniero siempre tuvo en cuenta las afecciones de su obra a un río, en la naturaleza y sus recursos. Siempre ha habido obras que no se hicieron donde era más idóneo por falta de sensibilidad y se llevaban por delante robledales, montañas, bahías… En España, hace 20 años nadie hablaba de sostenibilidad, pero ahora se contempla por imagen del órgano público, por acceso al capital… Y sobre todo porque es un asunto de calidad y supervivencia”, asegura Antonio Villanueva Peñalver, ingeniero industrial en Idom, especialista en medio ambiente y arquitectura bioclimática, que resalta la integración de “nuevas especializaciones y oportunidades de negocio en la resiliencia y la sostenibilidad de las edificaciones”.

Los expertos coinciden en que falta conocimiento sobre los términos que se vinculan al medio ambiente, lo que facilita la adherencia al “ecopostureo verde” (greenwashing). “No es lo mismo impacto ambiental que la sostenibilidad. Esta atiende a recursos, el ritmo a los que los consumimos y a los residuos”, insiste Miguel Aguiló, catedrático emérito de Ingeniería de Caminos. “Si se hace en el lugar adecuado, la construcción no es tan destructiva”, y defiende que la responsabilidad de las grandes obras en relación con el medio ambiente la tiene la Administración “que autoriza que se construya en ciertos sitios en vez de protegerlos y permita que se hagan edificios, polígonos, grandes urbanizaciones en lugares donde nadie los necesita; eso es consumismo, es despilfarro”.

Mauricio Gómez, director general en Idom, transita por la misma línea. Explica que lo más importante a tener en cuenta a la hora de planear una obra es planificar, y para eso no solo contemplar lo ambiental, sino los usos, porque el impacto de la infraestructura no acaba con su construcción. “Imagina que la ciudad dispone de un único puente para cruzar un río y se planea hacer otro de mayor capacidad. ¿Fin del asunto? Para nosotros sería mejor ver para qué y por qué todas esas personas necesitan cruzar el puente y ver si en el extrarradio de la ciudad podrían desarrollarse núcleos de actividad que evitaran entrar”, añade. “La sostenibilidad no solo es mejor para el planeta, para el entorno, sino que también es una solución económica. Si encontramos núcleos en la periferia donde las personas puedan desarrollar su actividad, evitaremos el coste del nuevo puente, reduciremos el combustible, la contaminación e incluso puede que consigamos desarrollar otras zonas más deprimidas”.

Nueva sensibilidad

Esta nueva sensibilidad ambiental exige contar con equipos especializados y multidisciplinares. “El territorio es muy complejo y necesita del sociólogo, del biólogo, del geólogo. Antes la visión de los proyectos era tecnócrática y única y provocaba que las cosas se resolvieran mal. Ya está pasando en todo el mundo que hay una visión más holística, importa más la ecología y los asuntos sociales. Ingenieros, urbanistas, arquitectos empiezan a trabajar juntos porque así es como se pueden resolver los problemas”, explica Ginés Garrido, arquitecto y uno de los fundadores de Burgos y Garrido, uno de los estudios responsables del proyecto Madrid Río. “Quisimos que la cubierta vegetal sobre la M-30 fuera lo más grande posible, pero ahí hay instalaciones de riego, reciclaje de agua, depósito… A través del río y con la cubierta vegetal, los animales han ido conquistando espacio”, apunta Garrido. El proyecto ha inspirado otros como Parques del Río, en Medellín (Colombia), diseñado por la paisajista Kathryn Gustafson. Se trata de una obra urbana y ferroviaria, pues ha soterrado el ferrocarril y conectado barrios, una demanda ciudadana que llevaba décadas aparcada.

En esta nueva forma de entender las ciudades y la obra civil cuenta mucho el papel de los ciudadanos. Este tipo de construcciones amplían el concepto de arquitectura civil porque se convierten en lugares de paso con una función social; además de revitalizar núcleos urbanos, tienen en cuenta los usos de los que van a disfrutar del proyecto, y a estos, cada vez más, les importa el cuidado del entorno. “Hay una exigencia social sobre el medio ambiente y de transparencia. Los ciudadanos se enteran más y preguntan para informarse mejor. Durante muchos momentos del proyecto, este queda expuesto y se puede opinar”, explica el arquitecto de Burgos y Garrido. Para el doctor y profesor de Caminos de la UPV Pedro Fernández Carrasco, “las empresas de ingeniería civil, los estudios de arquitectura y las constructoras deben recordar que están al servicio de las personas y de todos los seres vivos”.

El profesor defiende la existencia no solo de equipos multidisciplinares en los proyectos, “sino de gente que sepa sobre los usos de las infraestructuras, que pregunten a aquellos que van a usarlo; si el que la va a disfrutar es, por ejemplo, un artista o un deportista…, su visión es necesaria en la planificación”. Este experto en hidráulica y cambio climático insiste en que “muchas grandes obras, como las presas, se olvidan de poner a los seres vivos en el centro de todo”, y añade: “Lo que ponen en el centro es la necesidad de que una sociedad dependa de un recurso únicamente… Y es un problema; primero, por si el cambio climático varía las condiciones de supervivencia y, segundo, porque no se puede depender de algo que es dañino para el entorno”.

El reto del siglo

El calentamiento global es el gran reto de este siglo, y las grandes obras, así como sus materiales y residuos, son culpables de buena parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. El futuro del planeta pasa por la sucesión de periodos de sequía extrema con largos periodos de lluvia intensa o que se dé nieve donde no hay edificaciones que puedan contenerla. Esto ya se advirtió y ya está ocurriendo. Hay que recordar que se incumplió el Protocolo de Kioto (donde se empezó a hablar de emisiones a tener en cuenta en las fases de estudios, proyecto, construcción y explotación de un proyecto) y París; y casi todos los horizontes comunitarios se dilatan por falta de acciones concretas. Pero ya hay muchos proyectos de ingeniería que contemplan las consecuencias derivadas; Idom puso en marcha su proyecto de red de carreteras de Nicaragua como ejemplo de adaptación para hacer frente a los desastres naturales del cambio climático.

El afán por regular y unificar criterios llama a repensar los sellos y certificaciones existentes, generalmente para hacerlos más rigurosos. Las certificaciones medioambientales sirven para validar y controlar procesos derivados del impacto de las construcciones. Y empieza a imponerse la necesidad de controlar, adaptar y reformar las construcciones que ya funcionan. Es lo que está ocurriendo en algunas fábricas de residuo cero y en algunos edificios de oficinas. El organismo Green Building Council trabaja para auditar, a través de estándares, la eficiencia energética y compromiso climático de empresas, organismos e instituciones. “Los firmantes se comprometen a evaluar sus fuentes de energía y emisiones, trazar un plan para reducirlas y enchufarse a fuentes limpias, y cumplir con objetivos medibles de descarbonización. Hace falta que Gobiernos e industria pongan en marcha políticas ambiciosas. Los firmantes tienen la obligación de liderar este propósito y cambiar legislaciones y planificaciones”, explica Victoria Kate Burrows, directora de Advancing Net Zero, en el World Green Building Council.

“Hay muchas etiquetas, hay muchas normativas locales, pero aquí se trata de puntuar muchos aspectos. No es holístico, es importante recopilar datos, revalidar tu certificación cada año”, añade Burrows. Al organismo se han adherido 12 empresas multinacionales y edificios (las sedes de Salesforce y la Ópera de Sídney, entre ellas), 4 países y 22 ciudades. En España, Navarra y Cataluña, que se ha comprometido a actualizar sus evaluaciones de energía e inventario de emisiones en sus edificios públicos. La clave, según la oficina de territorio y sostenibilidad catalana, es conseguir que todos sean de cero emisiones en 2050.

Las infraestructuras de comunicaciones, desde estaciones hasta aeropuertos, también están obligadas a adquirir políticas de sostenibilidad que vayan más allá del ruido. La iniciativa público-privada Clean Sky 2 de la Comisión Europea con la industria aeronáutica, con especial papel del clúster aeroespacial vasco, propone antes de 2024 reducir un 75% las emisiones de CO2, 90% del NOx y 65% del ruido. La estrategia contra el cambio climático de AENA propone alcanzar una progresiva disminución de las emisiones de CO2 derivadas de la actividad a través de, entre otras, la eficiencia energética. Su plan fotovoltaico promete que “el 70% del abastecimiento de los aeropuertos nacionales será de energía solar” en 2025, asegura una portavoz de la empresa pública. Las islas de los Galápagos tienen uno de los aeropuertos más responsables del mundo.

Construido aprovechando una base militar y reconocido por el Green Building Council, el aeródromo funciona con energía 100% renovable e iluminación y ventilación natural, y ha recuperado zonas afectadas y reforestado flora endémica. El Cochin International Airport, en India, es un ejemplo de aeropuerto solar; cuenta con 46.000 paneles en más de 180.000 metros cuadrados de terreno que generan 50.000 unidades de energía cada día, instalados por Bosch, Renesola y ABB.

Aunque, como explica Ginés Garrido, “estamos en la prehistoria de la sostenibilidad”, empieza a calar el nuevo idioma. “Cada vez es más fácil convencer a la gente y cada vez es más importante el territorio. El proyecto de una presa hace 50 años tenía 200 páginas que sobre la sostenibilidad y 5.000 de cálculos; ahora es al revés”, asegura. Muchos estudios y empresas tienen área de medio ambiente. Pero para el profesor de la Politécnica Fernández Carrasco el momento requiere más exigencia: “Sabemos más, pero la clave es interesarnos por hacer las cosas mejor. No solo escribir que eres sostenible en tus memorias”.


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