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Extinción del ajolote y su venta en el mercado negro

Extinción del ajolote y su venta en el mercado negro

Ciudad de México, México, 28 de junio de 2019, Excélsior. – Probablemente estés familiarizado con el ajolote, es ese pequeño animalito mexicano, parecido a una salamandra, originario de Xochimilco. Es una criatura tan intrigante que el mismo Julio Cortázar le escribió un cuento. De hecho, mi interés por el ajolote surgió en la universidad cuando leí El Axolotl, donde un hombre visita el Jardin des Plantes de París todos los días para contemplar un ajolote con el que está obsesionado.

Conozco mucha gente que desearía tener uno como mascota; sin embargo, está en peligro de extinción y su comercio es ilegal. Pero como mucho de lo ilegal en México, sólo hace falta saber dónde buscar, así que hice un recorrido por varios mercados de la Ciudad de México para encontrar uno.

Mi primera parada fue el mercado de Jamaica. Me acerqué a los pocos puestos de peces que hay ahí pero no encontré nada. El encargado pensó que buscaba un guajolote, y cuando le describí al animal y le mostré una fotografía me dijo: “No joven, no se lo vengo manejando”. Definitivamente ahí no lo iba a encontrar.

Mi siguiente destino fue el mercado de Mixhuca. Pregunté por ajolotes, pero nadie me supo decir dónde se podían comprar. Muchos no sabían de qué estaba hablando, otros me querían ver la cara ofreciéndome salamandras comunes: “Luego le salen los cuernitos”, me decían. Cuando estaba a punto de irme, un tipo se me acercó y me dijo con un tono sospechoso:

—¿Para qué lo quieres?

—Nomás, estoy muy interesado en ellos— le contesté.

—Ve al mercado de Sonora— y luego se fue.

Finalmente llegué al mercado de Sonora. Me adentré en los largos pasillos de animales, donde se puede encontrar de todo: cabras, becerros, guajolotes, patos, gallinas, gallos, los conejos más gigantes que he visto en mi vida. Pero nada de ajolotes. Contrario a lo que pensé, había muy pocos puestos de animales acuáticos y anfibios. Le pregunté a la señora del único puesto de peces que vi y me contestó un poco desconfiada “Aquí no vendemos eso… pero pregunta dos puestos adelante”.

Hice lo que me dijo y llegué a un puesto (si se le podía llamar así) casi abandonado, con las peceras vacías y sucias en un ambiente bastante deprimente. José (que me pidió no usar su verdadero nombre) se me acercó:

—¿Qué buscabas, güero?

—Busco un ajolote.

—¿Cuántos quieres?

—Sólo uno.

—¿Cuánto traes?

—No mucho, la verdad, pero me gustaría verlo primero.

—No los tengo aquí. Espérame unos 30 minutos y ahorita te lo traigo.

Me pidió que lo esperara en su puesto mientras él iba por ellos. Antes de que saliera del mercado lo alcancé y le pregunté si podía acompañarlo. Aunque en un inicio se mostró renuente, accedió y nos fuimos caminando a la vecindad donde vivía con su familia, en la Merced. En el camino me empezó a platicar sobre lo difícil que es conseguir ajolotes hoy en día “con eso de la extinción” y el delito que ahora implica su comercio. Llegamos a una vecindad con prostitutas recargadas en la pared. Al entrar sentí esa sensación de penetrar en algo turbio y de dudosa legalidad. Ya dentro, tuvimos que pasar frente a la sala donde estaban sus niñas viendo la tele, llegamos a la cocina y salimos al patio donde estaban los tendederos. José caminó hacia el lavadero y sacó una cubeta donde tenía los preciados ajolotes.

Me sentía muy contento, finalmente lo había encontrado. José notó mi felicidad: “¿Están bonitos, ¿verdad?”, me dijo. Nunca había tenido en mis manos un ajolote; son más inquietantes que en las fotos donde parecen ser criaturas simpáticas y sonrientes. En vivo están muy lejos de serlo.

José me informó que el ajolote blanco o “albino” es el más caro, en 500 pesos que me dejaba en 400; el negro, en 300 que me dejaba en 200. La razón por la que el blanco es más caro, según él, era porque el negro lo usan para santería y brujería, mientras que el blanco como mascota de ornamentación.

A pesar de que José me estaba apurando para irnos antes de que llegara el patrón, me dejó tomar algunas fotos: “Nomás no me tomes a mí”, me recalcaba constantemente. Según me contó, los ajolotes los consigue el patrón, quien vive en Xochimilco, y es de ahí de donde los trae. Los crían en cubetas en la azotea de la vecindad donde vive José. Su principal clientela la constituyen los curanderos y santeros, que al parecer los usan para algún tipo de ritual.

Los ajolotes también se pueden comprar legalmete (al igual que un tigre o un puma), me contó Arturo Vergara del Centro de Investigaciones Biológicas y Acuicolas de Cuemanco de la UAM-Xochimilco. Sin embargo, resulta más atractivo el mercado ilegal por dos razones: es más barato y más rápido.

“Las mismas universidades casi promueven el mercado negro, ya que los investigadores requieren especies de inmediato para el laboratorio y al comprarlo por la vía legal, tanto por la misma administración de la UMA como por otros asuntos internos, hay procesos burocráticos, vigencias vencidas y tiempos administrativos”.

En la actualidad hay 3 mercados en la Ciudad de México donde se puede conseguir un ajolote: Lázaro Cárdenas en la colonia Morelos, Nuevo San Lázaro en Mixhuca (mejor conocido como el mercado de peces) y el Mercado de Sonora.

Le pregunté a Arturo por qué es tan fácil conseguir ajolotes a pesar de estar en peligro de extinción. “Porque hay un mercado que lo demanda”, me contestó. “Es como con las drogas y armas, sólo que el tráfico de mascotas no es tan alarmante porque no mata ni genera violencia, sólo fomenta la extracción ilegal de su hábitat y por consiguiente su pronta desaparición”.

Tanto Arturo como José me contaron que los traficantes de ajolotes tienen un trato con los pescadores del lago de Xochimilco, quienes los capturan y se los venden para que después los reproduzcan en cautiverio. Esto explica todas las cubetas de ajolotes que tenía José en su casa.

La razón por la que está en peligro de desaparecer de la faz de la Tierra es porque su hábitat natural está siendo destruido. Además del Lago de Xochimilco, los ajolotes solían nadar en el Lago de Chalco y lo que antiguamente era el Lago de Texcoco.

La población de ajolotes ha disminuido de forma alarmante a través de los años. Se tiene registro de 4 censos en su hábitat natural. El primero fue hecho en 1998 por la UAM-Xochimilco y se registraron 6 mil ejemplares por kilómetro cuadrado. En el segundo, hecho en 2003 por el Laboratorio de Restauración Ecológica del Instituto de Biología de la UNAM, se encontraron mil ejemplares por kilómetro cuadrado. En el tercer censo, hecho por la UNAM en 2008, sólo se encontraron 100 por kilómetro cuadrado. Hoy en día, en 2015, no se encuentra ninguno. Ni uno solo ajolote por kilómetro cuadro.

Ahora la pregunta es ¿cuántos ajolotes quedan vivos en su hábitat?

Nadie lo sabe a ciencia cierta.

En la actualidad hay esfuerzos tanto del gobierno como de ONGs por preservarlo. La SAGARPA sembró los primeros 50 reproductores en la represa de la junta auxiliar de San Andrés Azumiatla, en Puebla, con ayuda de habitantes de la localidad. También está el Centro de Investigaciones Biológicas y Acuícolas de Cuemanco (CIBAC), que pertenece a la UAM. Por otro lado, existen diferentes organizaciones de la sociedad civil como La Casa del Axolote que busca su preservación mediante la crianza en cautivero para liberarlos y lograr su reinserción.

¿Por qué es tan fascinante el ajolote? Es un animal que representa la vida y la muerte. Es usado para fines medicinales debido a una peculiar característica que posee: se regenera si sufre un daño en su cuerpo, y es por ello que se usa en medicinas alternativas para curar enfermedades de la piel. También se usa para tratar enfermedades respiratorias y nutricionales, así como la anemia, y regenerar el tejido nervioso producido por lesiones cerebrales. Aunque nada de esto está probado científicamente, los matan para hacerlos caldos y jarabe.

Y es que el ajolote o axolote está muy asociado con la cultura prehispánica. Cuenta el mito que en la antigüedad fue un dios llamado Xólotl (de ahí vendría su nombre), que quiso escapar a la muerte para no sacrificarse en honor al quinto Sol, transformándose en diversos animales hasta tomar su forma actual. Los dioses lo descubrieron y lo castigaron dejándolo convertido en lo que actualmente es, sin posibilidad de regresar a su forma original. El axolote y su mito persisten hasta hoy, buscando diversas formas de escapar a la muerte y a su extinción, aunque sea por medio del contrabando.

Finalmente, no compré ningún ajolote. Me fui de ahí con sentimientos encontrados. Por un lado, estaba satisfecho por haber visto un ajolote con mis propios ojos, pero también me desconcertó haber descubierto una triste realidad sobre el mercado negro de ajolotes en México.


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