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El hombre que juega con los tiburones

El hombre que juega con los tiburones

Madrid, España, 18 de febrero de 2019, El País. –  Karlos Simón uega en el fondo del mar. Con tiburones. En Bahamas y en Guadalupe, en Sudáfrica y en Maldivas, bichos marinos de cinco metros armados con tres o cuatro filas de dientes como puñales se le acercan para olisquearle, nadan a su alrededor, le observan. Él, si se dejan —que se suelen dejar: casi nunca el monstruo es tal—, les acaricia el lomo y ¡glup! el morro. Tintoreras, grandes martillos, tiburones de puntas blancas o negras, raggies, longimanus, coralinos, el masivo y encantador tiburón ballena…, pero sobre todo los grandes prodigios de la especie, Carcharodon carcharias (tiburón blanco) y Galeocerdo cuvier (tiburón tigre).

Estamos hablando de animales que no han evolucionado o han evolucionado muy poco en millones de años, de fascinantes criaturas; también de depredadores que, si te despistas o se despistan ellos, pueden matarte en dos mordiscos. No son ni el horror asesino del libro de Peter Benchley o de la película de Spielberg, ni animalitos de compañía. Son potencialmente letales y bucear entre ellos requiere conocimiento, prudencia, coraje y pasión. Pueden acabar contigo en un ya, pero no suelen. En ese contexto vive Karlos Simón.

El libro Tratando de tiburones con Karlos Simón (editorial Reino de Cordelia), escrito por el historiador y novelista —y también buceador— Alfonso Mateo-Sagasta sobre la base de la aventura vital del intrépido madrileño, da cuenta de cientos y cientos de viajes, de inmersiones, de amistades, de miedos atávicos y de sobreexcitaciones varias. Un lenguaje de otro planeta para los profanos de la cosa, que somos casi todos. El volumen ofrece también una exhaustiva clasificación de especies y géneros y una espléndida guía de lectura en torno a aquellos autores literarios que de cerca o de lejos hicieron un día inmersión en el universo tiburón: Mark Twain, Hemingway, García Márquez, Jack London, Melville, Zane Grey, Collodi…

En la estirpe de los grandes aventureros bajo el mar que un día cayeron en el embrujo del monstruo —los André Hartmann, Eugenie Clark, Erich Ritter, Cristina Zenato…—, Simón recorre los mares del mundo en busca de los grandes escualos. Lo hace desde que un buen día de 1987, en Cayo Piedra (Cuba), vio por primera vez un tiburón en libertad, una inofensiva nodriza que, más que un tiburón, a él le pareció, asegura, “una bailarina”. El instructor de aquel día, un cubano de nombre Alside, le previno: “Buceas bien, un día te dedicarás a esto”. Acertó. Treinta y dos años después, aquel mal estudiante amante de la escalada y otros deportes de riesgo y que no sabía bien qué hacer con su vida (hoy es propietario de Hispania, un centro de buceo en Mazarrón, Murcia), explica: “La sensación cuando acaricias el lomo de un tiburón tigre que podría matarte es indescriptible, es de grandiosidad, admiración y respeto… Supongo que solo se puede comparar a estar rodeado de toros bravos”.

Karlos Simón sostiene que, cientos y cientos de inmersiones después, el estallido de adrenalina se ha difuminado un poco, “pero jamás ha desaparecido”. Y un detalle: el hombre contempla, entre fascinado y aterrorizado, a la fiera del mar. Pero es muy probable que la sensación sea mutua. “Claro, más depredador que el hombre no hay”. Cada año pueden contarse con los dedos de una mano los ataques mortales de tiburón en las playas de Australia, Sudáfrica, México o Estados Unidos… En cambio, mueren unos 100 millones de tiburones en todo el mundo, cazados, entre otros, por pescadores españoles, toda una potencia depredadora en la materia. Y aunque hace años que otro Karlos, Arguiñano, sacó una estupenda receta de sopa de aleta de tiburón sin aleta de tiburón, esta sigue siendo un preciado botín, sobre todo en Japón y China. Hasta esos países suele viajar para denunciar una barbarie que puede acabar con la extinción de decenas de especies. “El tiburón es un pez que vive en el mar. El mar es su ambiente. Nosotros somos los invasores”.

 


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