A los liberales: la sociedad nos reclama enhiestos

A los liberales: la sociedad nos reclama enhiestos

Ismael Acosta García

“Así estamos: consternados, rabiosos,

aunque la muerte sea uno de los absurdos previsibles”

Mario Benedetti

Morelia, Michoacán, México, 2 de octubre de 2020, Paralelo17.- Tres fechas, universalmente históricas, me obligo a recordar en esta tenida del 30 de septiembre en mi taller.

  1. La del 30 de septiembre, que conmemora el 255 aniversario del natalicio de José María Morelos y Pavón.
  2. La del 2 de octubre, que recuerda el 52 aniversario de la matanza de Tlatelolco.
  3. La del 9 de octubre, que verá llegar el 57 Aniversario de la muerte del “Guerrillero heroico”

Sin duda, tres episodios que merecen nuestra más profunda reflexión.

De los héroes, todo o nada está escrito Si aceptamos que la historia nunca es el relato del vencido. Lo es, siempre, la expresión épica y en ocasiones fantasiosa del vencedor. En ese tenor, nuestro punto de vista debe ser nacido, sí, del orgullo nacionalista y revolucionario, pero también de una visión reflexiva y crítica de los hechos.

De Morelos

La gran dimensión del hombre de Tzindurio no debe medirse tanto por lo que refleja la anecdótica página del Sitio de Cuautla, ni los emotivos pasajes del arriero de la tierra caliente.

Real y verdadero documento que expresa la estatura universal del Siervo de la Nación y generalísimo de las armas de América septentrional los es, sin duda, el compendio de aspiraciones y demandas conocido como “Sentimientos de la Nación” que envió al Congreso de Apatzingán.

El artículo 12, reza: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte aumenten el jornal del pobre que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Firma: José María Morelos. Chilpancingo. 14 de septiembre de 1813.

Menuda cuenta nos heredó el gran Morelos, que si bien, con su sangre generó la semilla de nuestra libertad, al paso de 206 años no hemos sido capaces de propiciar, ni entre nosotros ni entre nuestros iguales, la constancia y el patriotismo que reclama la patria; ni el equilibrio entre la opulencia y la indigencia que reclama la leva, ni el aumento del jornal del pobre que día a día es más precario y que, por eso, las costumbres de nuestra sociedad nos arrastran a la ignorancia, la rapiña y el hurto. Y todos somos corresponsables de esta hiriente realidad.

De Tlatelolco

Cincuenta y dos años han pasado de que las fuerzas represoras del Estado mexicano enajenadas y lanzadas por oscuros intereses que no debemos aventurarnos a personalizar, masacraron a una generación de jóvenes mexicanos. A unos sí los mataron, ¿Cuántos, decenas, cientos, miles? No sabemos. Pero a toda esa generación nos hirieron hondamente.

La historia del México independiente no recoge otra página más negra que la escrita en Tlatelolco el 2 de octubre del 68. Tan trágica o más que la misma decena trágica. Las heridas aún están abiertas, más de cinco décadas no han sido suficientes para sanarlas. Hoy, las voces maduras de la democracia paridas en aquella dolorosa noche reclaman justicia. Y hay quienes se empeñan en derramar más sangre en las tragicómicas rememoraciones de la fecha.

¡Reclamemos, a viva voz, que esos episodios no se repitan!

¡Reclamemos, a viva voz, que el Estado abra los archivos secretos del hecho!

¡Reclamemos, a viva voz, que aspiramos a una Patria más justa, en donde las nuevas generaciones no tengan que pagar con cuotas de sangre nuestros errores, nuestras equivocaciones, nuestras enfermedades de poder y nuestra intolerancia!

México, hoy, ya no requiere de nuevos héroes nacidos del holocausto. México, requiere héroes de la dignidad, del respeto, del trabajo, de la honradez. Y por qué no decirlo: México requiere, hoy, héroes nacidos del cariño, del amor, de la paz, del saber y de la virtud.

De El Che

En Vado del Yeso, hace 53 años, como pudo haber sido en cualquier parte del mundo, entregó su vida al creador, o sea, a la madre tierra, el “guerrillero heroico”

Su última cuna fue la Quebrada del Yurú, al lado de la montaña de La Higuera. Y su último arrullo fue una ráfaga de M2, disparada por el suboficial Mario Terán. También los imbéciles suelen pasar a la historia. Un 9 de octubre de 1967, a la 1:10 de la tarde.

Antes, en su último mensaje a una comunidad, la de Alto Seco, a 35 kilómetros de Valle Grande, “el Che” dio una plática a un grupo de campesinos que lo escucharon en silencio. Años más tarde, uno de ellos recordaba sus palabras:

“Mañana vendrán los militares y sabrán que ustedes existen y cómo viven. Van a construir una escuela y una posta sanitaria, van a mejorar el camino a Valle Grande, harán que funcione el teléfono, les buscarán agua … El Che decía verdad, –continúa- construyeron la escuela y la posta sanitaria y el teléfono se arregló, pero ahora todo ha vuelto a ser peor, el teléfono no funciona, la posta sanitaria no tiene médico ni medicinas y el camino a Valle Grande está arruinado”.

Yo me pregunto: ¿En qué México he oído esto?

Hermanos liberales: estos hombres murieron viendo a Oriente, porque de allí nace la LUZ, la bendición, la verdadera vida eterna. Hay Hombres que respiran Luz. Los tenues rayos del sol del 2 de octubre, caían por occidente en aquella fatídica tarde. Ya los jóvenes, como nosotros en nuestros trabajos, se aprestaban a retirarse contentos y satisfechos del deber cumplido.

Rescato para esta ocasión las siguientes reflexiones:

  1. De Morelos, “Donde yo nací fue el jardín de la Nueva España”. Como es mi taller
  2. De “El Che”, (En Carta a mis hijos), “Sobre todo, deben ser capaces de sentir en carne propia cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo” Como debe ser capaz de sentir todo liberal.

Y de otros que hoy no abordé:

  1. De Ocampo, “Es hablando, no matándonos como hemos de entendernos”.
  2. De Martí, “Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca./ Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo:/ cardo ni ortiga cultivo,/ cultivo una rosa blanca.

Y si al final del camino, sumados todos los esfuerzos no logramos dar cima a nuestros ideales, cobijémonos en el sublime mensaje del mártir del amor, que dijo: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”

Reflexionemos en estos hechos y pensemos en que, nuestra actualidad, nos reclama firmes, enhiestos y ¡en pie y al orden!


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