1968: Una revaloración histórica *

1968: Una revaloración histórica *

Eduardo Nava Hernández

 

Foto: Cuartoscuro

 

Morelia, Michoacán, México, 2 de octubre de 2016, México Ambiental/Paralelo.- El mito y sus significados

A veinticinco años de distancia, el movimiento estudiantil-popular de 1968 sigue siendo un acontecimiento vivo, que late bajo la epidermis de la sociedad nacional mexicana: una herida que no está totalmente cicatrizada y que respira por sus poros. 1968 es la fecha más significativa de la conciencia popular contemporánea; en el sentido soreliano, el mito más presente de la sociedad urbana, que aún convoca y moviliza, en cada 2 de octubre, a masas de miles, adultos y jóvenes, en una sociedad en muchas formas —y en parte gracias a aquel movimiento— distinta, pero en otras tantas tan refractaria al cambio. Cinco lustros después, el 68 reaparece como una incógnita sin despejar y como un lastre en la conciencia del sistema político nacional del que no ha podido despojarse.

 

¿Qué representa la memoria del 68? Ante todo, una experiencia de masas y una vivencia colectiva generacional que dio lugar a una renovación del pensamiento y de las prácticas sociales como no se había visto desde la Revolución. Es la incorporación, libertaria y dramática al mismo tiempo, de toda una generación a la política, y la inauguración de nuevas formas de ésta con un sentido democrático hasta entonces inédito dentro del período posrevolucionario.

Es también el momento de quiebre o agotamiento de la legitimidad que le daba al Estado nacional su origen revolucionario. La movilización masiva del estudiantado y la intelectualidad universitarios, la incapacidad del sistema para abrirse frente al reclamo democrático y la salida militar represiva que se dio al conflicto, evidenciaron una crisis profunda de la ideología desarrollista: los estudiantes, hijos predilectos del régimen de la Revolución, fueron perseguidos, golpeados, encarcelados, desaparecidos y asesinados como no lo había sido ningún movimiento no armado de la historia nacional. El resultado fue la ruptura masiva de la conciencia de ese sector con la ideología populista del grupo en el poder. Se suscitó en la juventud una desconfianza profunda hacia el Estado, el sistema político, las prácticas oficiales y todo lo que éste representara, que resultó muy difícil de remontar. Del lado oficial, se trató de una profunda crisis de legitimidad en la que el Estado se vio confrontado con la sociedad civil, y en particular con los intelectuales universitarios y clases medias que él mismo había prohijado.

 

El viraje ideológico que se produjo en 1968 contrapuso al esclerotizado sistema político una nueva lógica y una nueva visión del mundo, y dio lugar, durante, los años subsiguientes, a una radicalización duradera e inasimilable, expresada en los movimientos de masas, pero también en las experiencias de lucha armada de los años setenta. El 68 mexicano se ubicó en la cresta de una movilización más universal, que abarcó a muy diversos lugares del mundo y que tuvo efectos prolongados, más que en los sistemas políticos, en la sociedad.

 

LA GENERACIÓN DEL CAMBIO

El marco de autonomía conquistado previamente para las universidades sirvió para gestar en ellas una conciencia social independiente de la ideología oficial. Surgida como expresión del distanciamiento formal entre el Estado y la intelectualidad posrevolucionaria, la autonomía universitaria habría de terminar demostrándose, paradójicamente, como un espacio potencialmente liberador dentro del prolongado período del autoritarismo estatal desarrollista. En la universidad, como en el sector sindical desde una década antes, pero de manera más intensa aún, se dio el cuestionamiento civil a ese sistema de control estatal-corporativo.

 

Ya antes de 1968, los movimientos de la Universidad Michoacana (1963 y 1966) y de la Universidad de Sonora habían anunciado esa transformación: el paso de la tradicional universidad liberal a la universidad de masas; no tanto por el crecimiento de la matrícula en la educación superior, sino por el cambio en la composición social del estudiantado, ya perceptible desde el inicio de la década del sesenta. La incorporación de miembros de las clases populares a la educación superior modificó sensiblemente la composición de las instituciones universitarias.

 

Por eso, casi nada fue igual después. 1968 marca la culminación de un ciclo de movilización y organización masivas cuyas repercusiones y secuelas no han concluido; no lo han hecho, entre otras cosas, porque no ha culminado la apertura del sistema político ni se ha alcanzado una democracia representativa y cabalmente legítima.

 

Después de un breve repliegue de la movilización estudiantil y popular en los años inmediatos posteriores a 1968, es indiscutible que, a lo largo de los setenta, se asistió a un vastísimo proceso de reorganización y despliegue de las luchas populares en casi todos los frentes: sindical (universitarios, electricistas, ferrocarrileros, nucleares y un sinnúmero de luchas de sindicatos de la pequeña y la mediana industrias), campesino, urbano (Chihuahua, Monterrey, el D.F., Durango, entre otros). La generación del 68, con el trauma de Tlaltelolco a cuestas, participó en prácticamente todos esos esfuerzos de reorganización que volvieron a darle a la izquierda, después de varias décadas de ostracismo, una presencia masiva y popular.

 

El movimiento estudiantil enfrentó en 1968 a un aparato estatal que mantuvo su integridad, sin sufrir fracturas ni escisiones de consideración. Los estudiantes no luchaban por el poder del Estado, pero lograron, quizás por ello mismo, contraponer una posición genuina y masiva de crítica al autoritarismo gubernamental, que rompía radicalmente no sólo con determinadas expresiones particulares del Estado, sino con la lógica misma del antidemocrático poder presidencialista, bajo todas sus variantes. El movimiento no nació intentando recuperar la perdida legitimidad revolucionaria del Estado, sino proponiendo —y ejerciendo— una liberalidad inédita para la sociedad mexicana. Fue el espejo negro en que el Estado mexicano tuvo que percibir el agotamiento de esa fuente histórica de legitimidad, al menos frente a las nuevas generaciones urbanas y amplios sectores de la intelectualidad. Al lado de ello, la generación del 68 se signó por su capacidad para inventar nuevas formas de organización y para constituir una dirección popular y autónoma, surgida de sus propias bases.

 

Antes de 1968 prácticamente no existía lo que hoy llamamos sociedad civil: la organización amplia de los diversos sectores sociales con independencia del aparato de Estado y de sus derivaciones y subproductos: el partido oficial y sus aparatos corporativos. La cultura dejó de ser coto exclusivo del discurso oficial. Emergieron nuevas formas de expresión popular y una intelectualidad más crítica entró a la disputa de espacios como la interpretación de la historia, la literatura y la política, entendida esta última a través de nuevos estilos y prácticas, que permitieron vincular a la izquierda, después de un largo alejamiento, con las masas populares.

Si hoy la sociedad mexicana es en algún sentido más democrática y tolerante, ello aparece también como resultado de la movilización y sacrificio de los destacamentos estudiantiles y populares del 68. Éste introdujo en la conciencia social, al alto precio de la represión, una nueva cultura de defensa de los derechos humanos frente a los abusos del poder.

 

El aparato gubernamental se replegó después de las represiones de 1968 y 1971 hacia métodos de represión más selectivos y sofisticados; y posteriormente, incluso frente a éstos la sociedad ha ido ganando batallas a la impunidad.

 

MOVILIZACIÓN Y REVOLUCIÓN PASIVA

Pero es cierto, también, que el sistema priísta asimiló la lección del 68 de una manera sorprendente. Después de Tlaltelolco, Octavio Paz, por ejemplo, llegó a escribir que “(…) el Partido (oficial) perpetúa ahora un régimen de transición y de excepción. En México no hay más dictadura que la del PRI y no hay más peligro de anarquía que el que provoca la antinatural prolongación de su monopolio político”.

 

Sin embargo, el 68 no fue seguido, como muchos llegaron a pensar, por nuevos y mayores estremecimientos que dieran fin en el corto plazo al sistema político y social imperante; no hubo derrumbe, sino un lento y tortuoso proceso de evolución que, aun desarrollándose en medio de contradicciones, pudo prescindir —casi— de las purgas y ajustes de cuentas en el aparato de Estado. Éste demostró en el mediano plazo una enorme capacidad de recuperación que implicó lo mismo la represión selectiva que las reformas limitadas (varias de las demandas del pliego petitorio del movimiento estudiantil se cumplieron durante el gobierno de Luis Echeverría), la cooptación de cuadros y una cierta aunque parcial y limitada renovación ideológico-discursiva del campo oficialista.

 

Lo que no podemos olvidar es que tal renovación se fincó, ante todo, sobre la derrota del propio movimiento estudiantil y luego, sobre la de otras expresiones de la lucha popular a través de la violencia y la represión gubernamentales; pero, como nos recuerda Guevara Niebla, no por ello tal derrota adquiere otra significación: “la violencia organizada no es sino una forma peculiar de la política”.

 

LA REVOLUCIÓN DESARMADA

Como la Revolución de 1910-1920, el 68 fue un movimiento popular derrotado por la represión, que no alcanzó de manera inmediata sus objetivos. Pero dejó planteada una nueva perspectiva de autonomía y radicalidad de masas y una transformación ideológica que no pudieron ser ignoradas por el sistema político formal. El aparato estatal y las clases dominantes, siguiendo los sacudimientos de la sociedad, tuvieron que iniciar también una lenta y aún hoy inacabada transformación conservadora, una reabsorción de las posiciones impugnadoras, con exclusión política de las masas: una dinámica de cambio y restauración.

 

Por el contrario, la dinámica de inclusión de las masas que caracterizó al movimiento estudiantil-popular de 1968, es el núcleo democrático irreductible que el régimen no ha podido ni podrá asimilar. Desde el punto de vista organizativo, el movimiento aportó nuevos elementos a la dinámica política:

 

Primero, su autonomía prácticamente total con respecto de los partidos políticos existentes en la época; si bien existían cuadros militantes y activistas vinculados al Partido Comunista, al espartaquismo y a otras tendencias de la izquierda, la dinámica del movimiento en su conjunto no fue determinada exteriormente por ninguna de esas formaciones políticas, sino directamente por los participantes.

 

Segundo, la incorporación amplia de las masas estudiantiles a través de instancias de coordinación horizontal: las asambleas por escuela, los comités de lucha y las brigadas. Tales formas se demostraron infuncionales en el plazo mediato para darle permanencia al movimiento, pues corresponden a la fase de ascenso y organización de éste; sin embargo, son las más adecuadas para la incorporación masiva y el ejercicio de la democracia directa durante el auge de la movilización.

 

Tercero, la gestación de una dirección propia, surgida de las bases del mismo movimiento: el Consejo Nacional de Huelga (CNH), que se signa por su carácter democrático, amplio, plural y representativo. Los dirigentes y representantes son elegidos en cada centro escolar; el CNH asume la forma del soviet o consejo, típica de las etapas de ascenso de las revoluciones obreras.

Cuarto, la experiencia de la represión estatal (vivida desde los primeros momentos, en la manifestación estudiantil del 26 de julio) y la resistencia a ella a partir de una posición civil, moralmente fundada, pero también de la defensa material frente a las fuerzas represivas, dan cohesión y solidez al movimiento. La resistencia activa y la iniciativa estudiantil son componentes fundamentales de la lucha.

 

Quinto, el movimiento inaugura, con su petición de diálogo público, una nueva práctica, que habrá de desplegarse en una nueva cultura política. La intransigencia de los estudiantes en condicionar el diálogo a su carácter abierto rompe con las prácticas caudillescas y la maniobra, la componenda y la cooptación de los dirigentes, que habían sido hasta entonces algunas de las prácticas más socorridas para la mediatización de los movimientos sociales.

 

Sexto, finalmente, a mediano plazo “la ruptura del 68 desencadenó en México un proceso de profunda politización, lenta pero progresiva y creciente de la vida social mexicana: desde los años setenta y en adelante, la política se convierte en asunto cotidiano de los mexicanos, que no sólo empiezan a interesarse por participar en diferentes movimientos sociales y políticos (…), sino que abandonan progresivamente su tradicional apatía política para intentar buscar los canales adecuados de expresión de esta nueva politización.”

 

VISIONES Y PERCEPCIONES

Como todo gran hecho histórico, la movilización del sesenta y ocho ha sido objeto de interpretaciones. Ha quedado rebasada, en general, la versión de la “conjura” comunista o manipulada por la CIA, que el sistema político propagó en su momento, aunque algunos ecos de ella puedan escucharse todavía de labios de algunos de los protagonistas oficiales de aquel entonces.

 

Del lado priísta, se ha intentado en los últimos años una recuperación: en lo fundamental, se dice, las demandas del movimiento han sido satisfechas por los gobiernos posteriores al de Díaz Ordaz y, más aún, la generación del 68 se encuentra ahora en el poder. Si bien ha habido avances en la tolerancia hacia el movimiento civil y un repliegue de la represión masiva, que de regla pasó a ser excepción durante los últimos veinticinco años, la última afirmación es en realidad insostenible. Las transformaciones del régimen no han tocado aún la médula del autoritarismo: el sistema de partido de Estado, el presidencialismo, el centralismo, la manipulación corporativa, el control del legislativo y el judicial por el ejecutivo, mantienen su vigencia con las mismas o con nuevas formas. Desafortunadamente, la experiencia de hace dos décadas y media es un hecho social y político que sigue pesando sobre las cabezas de quienes fueron sus actores entonces y del sistema priísta en su conjunto; no puede todavía ser meramente un frío objeto de estudio para uso de los historiadores, como lo propuso Héctor Aguilar Camín .

 

Una más novedosa versión se ha esforzado por minimizar el papel de la ruptura ideológica, la radicalización el movimiento y de la izquierda dentro de él. Para Luis González de Alba, uno de sus dirigentes de aquel entonces, el 68 fue tan sólo una “fiesta” en la que participaron las masas estudiantiles debido a sus efectos liberadores en la vida cotidiana, pero no un proceso de radicalización ideológica: el motor del movimiento estudiantil “no fue la indignación por una situación política que sólo unos cuantos, en los grupos de izquierda, consideraban intolerable. Fue el desafío contra normas sociales que no estaban ni siquiera implícitamente señaladas en nuestras seis demandas. (…) Fue la fiesta, el carnaval contra la cuaresma obligada de México durante los últimos 50 años, contra el mural que nos pintaba una sociedad estática mientras el mundo se transformaba”.

 

Lo cierto de esta perspectiva es que la gran masa de los estudiantes no se hallaba encuadrada ideológica ni organizativamente en los agrupamientos de izquierda. Es cierto también que el movimiento estudiantil se desarrolló en un ambiente de liberación (de lo familiar, sexual, artística y cultural, etc.) que desbordaba con mucho a sus demandas políticas. Sin embargo, no se puede menospreciar el papel que tuvieron los militantes dentro del movimiento ni el hecho de que la cohesión de éste estaba dada por el pliego de demandas, con todo y su carga ideológico-política. Por otra parte, no se puede minusvaluar tampoco el efecto transformador que la movilización misma tuvo, como en todo gran cataclismo, sobre la conciencia social. ¿Los estudiantes se movilizaron y expusieron a la represión, tan sólo por una edípica e instintiva rebeldía contra “papá gobierno”, sin modificar en el curso de los acontecimientos su visión política? Nuevamente: la evaluación final del 68 mexicano no se puede hacer sino enlazándolo con sus secuelas durante los años siguientes, en que la izquierda, mucha de ella surgida de las filas estudiantiles del 68, se incorporó a un sinnúmero de nuevas luchas y las dirigió.

 

La experiencia de 1968 expresó, como en su momento lo percibió con toda claridad José Revueltas, la necesidad de independencia política del conjunto de la sociedad mexicana frente al Estado, “al nivel del único espacio existente para el ejercicio de tal independencia: la Universidad”. Produjo efectos revolucionarios sobre la vida cotidiana y la cultura, pero también en la organización estudiantil y popular, y en la práctica de la democracia. De julio a octubre de 1968, por primera vez en varias décadas, al menos desde el final de la Revolución Mexicana en 1920, lograron las masas “irrumpir en el gobierno de sus propios destinos” (Troski) y desafiar con su sola presencia, su fuerza moral e intelectual y su decisión de resistencia y lucha la hasta entonces incuestionada autoridad del estado mexicano posrevolucionario. Desplegados hasta sus últimas consecuencias, tales factores implicaban una verdadera rebelión popular contra el agobiante y opresivo sistema político nacional. Ése es el filo revolucionario de la experiencia que la represión truncó el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.

 

EL 68 HOY

Pero, ¿qué fue a fin de cuentas el movimiento estudiantil de 1968? ¿Qué implicaciones tuvo, y qué representa como un hecho histórico ahora, a un cuarto de siglo de distancia?

 

“Aún es muy pronto para decirlo”, opinó en alguna ocasión Mao Tsetung de los resultados históricos de la Revolución Francesa. Como en todos los grandes cataclismos sociales y revoluciones, los efectos y significados últimos del 68 quizás sólo puedan ser interpretados en el largo plazo, y a la vista de los nuevos hechos sociales en los que aquellos se vayan desplegando. Una luz distinta, que no existía un sexenio antes, por ejemplo, ha iluminado los acontecimientos de 1968 después de las movilizaciones civiles de 1988, resaltando aspectos de la insurgencia ciudadana en los que no solía repararse con anterioridad.

 

Veinticinco años son suficientes, sin embargo, para señalar una distancia histórica y generacional considerable. Observadores atentos de la conmemoración anual y casi ritual del 2 de octubre destacan una de sus paradojas: muchos de los jóvenes que participan en las marchas y mítines alusivos no saben del 68 más allá de la violenta represión armada contra una movilización estudiantil, y desconocen tanto los hechos y el contexto en que se dio ese movimiento, como sus demandas y sus resultados. 1968 parece para las actuales generaciones de jóvenes un acontecimiento lejano como vivencia personal, aunque suficientemente próximo para compartir con aquella generación muchos de sus anhelos de mayor libertad y democracia sociales.

 

Durante estos cinco lustros ha predominado en amplios sectores de la izquierda, de la oposición en general y de los jóvenes, una visión en su momento eficaz, pero también parcial y reduccionista, para la cual el 68 se condensa en una fecha: el 2 de octubre como expresión de la cerrazón y antidemocracia criminales del régimen político mexicano. No es inusual que, en muchos de sus discursos, los oradores de esas conmemoraciones equiparen la situación actual con la de aquellos años para resaltar que el avance en materia de derechos democráticos ha sido prácticamente nulo desde entonces, y que la represión sigue siendo el recurso fundamental del sistema para su sostenimiento.

 

Es necesario superar esa visión y recuperar integralmente el 68. Éste es, ante todo, una lección organizativa, de movilización y de resistencia social frente al poder armado del Estado, que la generación de aquellos años aportó a la historia de México. Una movilización así no hubiera sido posible sin el amplio respaldo del pueblo. Éste se suma a las manifestaciones, protege y da asilo a los estudiantes y les brinda recursos en efectivo o en especie. La ciudad entera parece movilizada, y hasta en las colonias más alejadas es imposible sustraerse a la eficaz acción de las brigadas estudiantiles, que difunden el movimiento, informan, distribuyen volantes, hacen pintas y recolectan el apoyo popular. A pesar del férreo control ejercido en esos años por el gobierno sobre la prensa y los demás medios de comunicación masiva, los ecos de la movilización estudiantil en la capital de la República se dispersaron por todo el país. Aun después de la derrota represiva, la movilización del segundo semestre del 68 no pasó sin dejar secuelas. El activismo se convirtió en una nueva forma de hacer política y construir organización, no solamente en el medio estudiantil sino en diversos sectores sociales: campesinos, sindicatos, colonias populares.

 

La lucha de aquellos años no aparece, cinco lustros después, como estéril. Si bien de inmediato no se alcanzaron los propósitos del movimiento, debe quedar clara la aportación que éste realizó para impulsar y acelerar las transformaciones en la sociedad y en la esfera política durante los últimos años: la pluralidad social; la reforma política de 1977, un clima menos opresivo hacia la disidencia y de mayores libertades ciudadanas, y la apertura cultural —en su sentido más amplio— conquistada desde la trama de la sociedad civil misma.

 

Más que en la tragedia y en la frustración de la matanza, la sociedad mexicana debe comenzar a reconocerse en las luminosas jornadas con que los jóvenes abrieron, aunque no tuvieran una plena conciencia de ello, nuestro presente. Que cada aniversario de Tlaltelolco sea ocasión para ampliar nuestra percepción de los acontecimientos de 1968: reconocer en ellos no sólo el sacrificio irracional de la juventud insurgente, sino la revolución desarmada que fue y que dio inicio a una ciclo de transformaciones de largo alcance e irreversibles en la sociedad, la cultura, la vida cotidiana e incluso en la política. 1968: la gran puerta por la que México ingresó a la modernidad.

 

* Un homenaje a los protagonistas todos de 1968. Un artículo de años, pero creo que vigente


Tags asignados a este artículo:
2historicamatanzaMEXICOoctubrerevaloracionTlatelolco

Artículos relacionados

Una empresa nace dentro de otra y genera valor. e-Valor@ consultoría y software, integran la cultura de una empresa

José Luis Carrillo Aguado*   Ciudad de México, México, 1 de junio de 2018, México Ambiental.- El producto e-Valor@ está

Gobierno federal privatiza Playa del Rey, lugar sagrado de los huicholes en Nayarit

Por: Antonio Tello Esta acción viola nuevamente el Pacto Hauxa Manaka, firmado por los estados de Nayarit, Durango, Zacatecas, Jalisco,

Las bacterias, ¿se rigen por reglas ecológicas universales?

José Luis Carrillo Aguado *   (Basado en un artículo publicado en la Gaceta Biomédicas del Instituto de Investigaciones Biomédicas